
Hace exactmente nueve años atrás, don Eduardo Guillermo, Eduardo Guillermo Bonvallet Godoy para los solemnes, simplemente Eduardo Bonvallet para la mayoría, Bonvallet a secas, “el Bonva” o, incluso, “el gurú” para tantos otros, se suicidó en un hotel de Santiago.
Nunca he sido futbolero. Por el contrario: siempre repetí la cantinela de los 22 tipos corriendo detrás de la pelotita. Sin embargo, el tránsito a través de la juventud y la madurez en algún momento me hicieron ver que, más allá del juego en sí, tal vez irrelevante, había un fenómeno sociológico e incluso antropológico que no se puede ignorar.
El fútbol es la versión (un poco más) civilizada de la antigua guerra, ese fenómeno cultural y natural tan arraigado en nuestro humano ADN, con sus tambores, con sus cánticos identitarios, banderas y agresividad canalizada.
Si bien siempre ubiqué de lejos la figura de Bonvallet (gracias a mi abuelo, me tocó ver cuando chico sus monsergas en Red TV con pizarra de fondo y pateadura de fichas incluidas), mi mayor conocimiento sobre aquella se remontaba a los años de CQC, allá por el 2005-2006, cuando todavía lo transmitían por Mega y hacían gala de su famoso “Top 5 de la Televisión Chilena”, y del que Bonvallet era protagonista semana por medio.
Era tanto el éxito de estos protomemes que incluso le tuvieron que crear una sección: “el Bonvallet de la semana”, que no era otra cosa que retransmitir a Bonvallet haciendo performance, cada una más bizarra que la anterior, en el espacio televisivo propio que le concedía en ese entonces un aún más bizarro y ya extinto canal llamado TVO (por favor lean esta crónica).
Solo este año, por circunstancias de la vida, tuve la fortuna de conocer un poco más del personaje y su discurso, especialmente en la que fuera su última etapa, cuando junto al periodista deportivo Marcos Sotomayor llevaban el programa de internet “Terra de Gurú”. Y entonces me di cuenta de la importancia y legado de don Eduardo, no tanto como analista deportivo, sino como comunicador y coach de una generación completa.
Solo ahora entiendo por qué don Eduardo dejó tantas viudas. Y no, no hace falta repetir alguna necedad del tipo: “y si era tan bueno por qué se murió” (o en este caso “por qué se mató”). Evidentemente, todos las personas somos seres de luces y sombras; pero al margen de las críticas que uno le pudiera haber formulado, al menos en su ya mencionada última etapa, que es en la que más he indagado, creo que aquellas son las menos.
Al final del día, el balance era positivo. Lo que pasa, es que gran parte de la sociedad chilena es pacata, cobarde y está dispuesta a ser aplastada; habla bajito, tiene miedo de todo, afuera se ahuasa o se achuncha y en su propia tierra mira para abajo calladita o, a lo sumo, hace el clásico “chiflido maricón” (hasta los argentinos se han reído, según como lo quieran ver, de nosotros o con nosotros); se asusta si alguien habla golpeado o se ofende si es demasiado directo (aquí otro que siempre nos sacó el rollo, uno de los más grandes humoristas de Latinoamérica).
A esa masa de chilenos, el estilo de Bonvallet siempre le pareció “controvertido” y por ello fue muchas veces injustamente juzgado.
Pocas cosas me molestan tanto como el que a cualquier cosa en Chile se le adjetive como “polémico”. Oh, alguien le dijo dos verdades de frente a otro: ¡qué polémico! Oh, alguien habló golpeado en TV, ¡cálmate, Eduardo!
El gran acierto de don Eduardo, he venido a descubrir, fue creer en los chilenos, sobre todo en sus jóvenes, y pontificar de forma visceral sobre ello a lo largo de toda su vida. Para don Guillermo Eduardo, lo importante era cambiar la mentalidad de nuestra sociedad y por ende del futbolista chileno; esa materia prima que, ya generada, un Marcelo Bielsa luego podría venir a tomar y trabajar.
Bonvallet fue siempre valiente. Tuvo sus demonios, como todos, y puede que al final uno de ellos le haya ganado (incluso habiéndose sobrepuesto antes al cáncer). No lo sé. Es fácil acusar desde la tribuna sin conocer los antecedentes personales. Pero da lo mismo: su mensaje fue siempre consecuente y corajudo en un país temeroso y con mentalidad de ratón; de denunciar la porquería (y vaya que nuestro pobre país está lleno de ella) y enaltecer el pensamiento ganador.
Yo puedo, yo soy el mejor. Voy a ganar. Voy a ser campeón. Aunque truene, llueva o tenga fiebre.
Da lo mismo, hueón
Según he podido observar, existe una retroalimentación muy profunda entre una selección de fútbol y el alma nacional. Eso es evidente en países tremendamente futbolizados como Argentina, Brasil y Chile.
Una selección de fútbol, para bien o para mal, representa los vicios y las virtudes de un país. Si observamos, por ejemplo, las selecciones que acabo de mencionar, la correlación entre la idiosincrasia de los futbolistas en la cancha y la de sus hinchas en el dia a día es evidente. Existe una circularidad tendida entre el espíritu de un pueblo y el de su selección; la selección es una representación del alma nacional, y esta última, a su vez, se nutre anímicamente de sus triunfos y derrotas.
Nunca me cansaré de admirar la pachorra argentina, aun cuando se pasen tres pueblos. Es cierto –y lo observé también en carne propia– que muchas veces reclaman con vehemencia desde la ignorancia o una soberbia injustificada, como quien cree tener derechos adquiridos sobre todo simplemente porque sí. Pero si hemos de instalar un falso dilema, prefiero mil veces mejor reclamar y pasarse de reclamón que ser un pisoteado sin carácter.
Y por si alguien aún no lo entiende, don Eduardo lo aclara literalmente en el video que dejaré a continuación: ser campeón no significa levantar la copa; significa ser un buen trabajador aun cuando no te lo reconozcan en tu sueldo; es que si vas a limpiar zapatos vas a ser el mejor lustrabotas y vas a tomar el calzado más destrozado y sacarle brillo hasta que parezca de cuero; es ser un buen papá y que tus hijos te lo agradezcan.
El fútbol es un rito. El fútbol es una metáfora. Al final del día, la pelota, en cierta forma (y para citar al propio Bonvallet) “da lo miiiismo hueón”.
Por eso don Eduardo se los comía a todos: porque tuvo huevos y cada vez que se plantó frente a una cámara hizo lo que tenía que hacer. Denunció hasta que se cansó, dijo que las cosas estaban mal cuando estaban mal, dijo que las cosas eran una mierda cuando lo eran y finalmente consiguió cambiar la mentalidad de muchos.
En este 18 de septiembre, en honor al “gurú” y su mensaje, pero también a la bandera chilena y al himno más bonito del mundo, que seguirán flameando y entonándose se digan las estupideces de turno que se digan, dejo la que –al menos de lo que he visto hasta ahora– me parece la mejor alocución de Eduardo Guillermo Bonvallet Godoy:
Ahí está todo.