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Todo lo que no sea fotos o links. La clase de posts misceláneos que normalmente comprendería un blog (?). ↓

Reseña literaria: Digital minimalism, de Cal Newport

Digital minimalism: choosing a focused life in a noisy world es un libro de no—ficción escrito por el informático estadounidense, Cal Newport, publicado en 2019.

El libro propone esencialmente una “nueva” filosofía para aproximarnos como seres humanos al uso cotidiano de las omnipresentes y esclavizantes tecnologías digitales. Antes de arrojarse de lleno a ello, sin embargo, hace algo lógico, aunque tal vez no demasiado obvio para muchas personas (y bastará mirar a nuestro alrededor para reafirmar que son muchos quienes parecen no haberse tomado aún la pastilla roja), esto es, diagnosticar el problema. Porque aquí hay un problema. Y uno serio.

El problema en cuestión es que nos hemos vuelto adictos. A las redes sociales, a internet y a las pantallas en general. Ello, se encarga de enfatizar el libro, salta a la luz de forma incuestionable a la hora de observar los resultados que arrojan los múltiples estudios psicológicos que se han llevado a cabo en los últimos años y que son debidamente citados en sus poco menos de 300 páginas.

Al margen de la evidencia empírica —que parece incuestionable—, Digital minimalism va más allá a la hora de realizar el mencionado diagnóstico: incluso echa mano a algunos recursos historiográficos y filosóficos para reafirmar la importancia de la soledad y la quietud mental —ambas enemigas acérrimas de Silicon Valley y sus productos orwellianos— y la importancia, por ende, de la necesidad de despegarnos de las pantallas. Así, aparecen también anécdotas y reflexiones relacionadas, por ejemplo, con personajes tan notables como Abraham Lincoln, Friedrich Nietzsche y Henry David Thoreau.

Planteado el problema, Cal Newport se aboca a la búsqueda de una solución. Esa es, precisamente, la filosofía del minimalismo digital, la que, lejos de erigirse como una maniquea doctrina antimodernidad o reacia al empleo de cualquier tecnología digital, propone redefinir nuestra relación con el hardware y el software que nos rodea, inunda y ahoga, valiéndose para ello del clásico principio “menos es más” y unas mucho más específicas sugerencias de ejercicios y nuevos hábitos.

Lo positivo es que el autor —informático, no olvidemos— parte ya con un trecho recorrido, pues antes de comenzar a escribir el libro, según nos cuenta, tuvo la oportunidad de crear una mailing list en la que experimentó con cientos de voluntarios, quienes siguieron las indicaciones propuestas y aportaron a lo largo de meses sus propias observaciones y conclusiones.

A partir de lo anterior, entonces, es que Cal Newport plantea métodos precisos, concretos y ejecutables que pueden ayudar a quien desee escapar de la relación de esclavitud que lo ata a su smartphone a conseguirlo con éxito… siempre y cuando exista suficiente compromiso y voluntad real, claro está.

Cabe mencionar que un paso fundamental en esta lista de ejercicios y nuevos hábitos, tal vez el más importante, es el llamado, a falta de una expresión menos cursi, digital detox, durante el cual el lector deberá abstenerse de utilizar la mayor parte de sus dispositivos y aplicaciones durante nada menos que 30 días, solo al cabo de los cuales podrá comenzar a entender realmente qué es lo tecnológicamente necesario y deseable de reincorporar.

En este punto es posible que el lector se horrorice y declare de forma apresurada e irreflexiva la absoluta y total imposibilidad de prescindir de las redes sociales y demás basura digital por un mes completo. Ese podría ser, precisamente, un primer indicio que da cuenta del verdadero paradigma de esclavitud y adicción digital que hoy nos rige. ¿Lo dejo cuando quiero?  Veamos…

A propósito de esto último, otra frase común que podría emplearse es “me gustaría dejarlo, pero es que no puedo; lo necesito”. Para su tranquilidad, este digital detox, desde luego,contempla algunas excepciones de sentido común, constituidas por aquellas herramientas digitales estrictamente fundamentales en el ámbito laboral o necesarias en algún aspecto esencial de la vida personal. El meollo del asunto radica en que, precisamente, pocas herramientas son en realidad fundamentales o estrictamente necesarias.

No puedo negar que mi propia filosofía personal respecto del uso de las tecnologías digitales y mi visión crítica respecto del llamado capitalismo de vigilancia, promovido por los falsos profetas de Silicon Valley, sesga, desde luego, mi visión sobre el libro, el cual juzgo no solo acertadísimo, sino necesario. Pero asumido el sesgo, lo cierto es que la evidencia científica, de nuevo, es abrumadora. Por ello es que soy un convencido de que si usted realmente estima a alguien, sea un familiar, amigo o pareja, y esa persona, como la mayoría, se pasa el 99,9% del tiempo despierto mirando una pantalla, con todas las consecuencias perniciosas que ello entraña desde el punto de vista psicológico —menor creatividad, menor claridad en su pensamiento, mayor irritabilidad, peor calidad de sueño, mayor propensión a la depresión, mayores niveles de ansiedad, mayores niveles de estrés, exacerbamiento del tribalismo político y, en general, peor salud mental—, lo mejor que puede hacer es regalarle un buen combo literario constituido por un par de obras indispensables: Superficiales, ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Nicholas Carr, 2010) y luego, como para comenzar a hacerse cargo, la comentada Digital minimalism.

Cómo trollear al gobierno gringo y ganar miles de dólares con armas impresas en 3D

Mientras en Chile el flamante presidente de la república impulsa su narrativa inconstitucional y cuasitotalitaria sobre la supuesta necesidad de desarmar a civiles honestos y responsables (lo que, desde luego, solo servirá a los intereses de la delincuencia, fuerza política invaluable para la ultraizquierda local), un joven norteamericano se trollea al sistema gringo aprovechándose precisamente del terror de la narrativa antiarmamentista y gana, en la pasada, nada menos que 3 mil dólares.

La historia dice así. En Estados Unidos los gobiernos locales realizan cada tanto ciertas convocatorias de entrega de armas, para que cualquier ciudadano vaya a deshacerse de las “suyas” y estas luego sean destruidas. Ahora, si digo “suyas”, entre comillas, es porque en realidad nadie comprueba la propiedad de las armas presentadas; ni siquiera su correcto funcionamiento. De hecho, es parte de la política de estos programas que nadie pregunte nada. Un poco como las campañas de desarme que cada tanto se llevan a cabo en Chile mismo, con la salvedad de que en Estados Unidos las armas, antes de ser fundidas, son compradas por el gobierno a sus antiguos propietarios, usando para ello, por supuesto, la plata de todos los contribuyentes.

El genial e hilarante giro de esta historia, concerniente a un evento de este tipo realizado recientemente en Texas, es que un joven decidió anticiparse a la jugada y se dedicó a imprimir pistolas 3-D en masa. Imprimió 60, fue a la feria en cuestión, recibió un pago de 50 dólares por cada una, y se devolvió campante a su casa con 3.000 dólares que antes no tenía.

¿Cómo no adorar la cultura del emprendimiento norteamericana?

El gobierno ha reconocido su derrota decretando el fin de semejante bug en la matrix, al asegurar que, para la próxima, no se recibirán armas de fabricación artesanal. D’oh!

La historia completa a continuación:

Prejuicios de (de)formación

Escuelas y talleres, autoproclamados conocedores del oficio y pseudomentores, a menudo producen una deformación artística del aprendiz de fotografía.

Su gran error radica en arrinconar al estudiante en aspectos que trascienden lo formal, contaminando las mentes puras de estos últimos con ideas absurdas como que “deberían articular un discurso”, “sacar una voz”, “buscar” esto o aquello.

Tal vez funcione. A veces. En el mal llamado “arte” posmoderno se abusa de lo conceptual; tal vez allí tengan cabida tales consejos, que desde luego ayudarán a que emerja toda una nueva generación preservante del circlejerk autoral contemporáneo, con su pseudofilosofía y cantinelas pomposas pero inconducentes, politiqueras y vacuas.

Quien busque con inocencia y de forma intuitiva la belleza desde un principio, está desamparado. Y este verdadero calvario solo podrá llegar a ser comprendido por esos pocos mentores que aún “lo entienden”: no hay discurso posible que articular; la voz emergerá sola, nunca por pedido o por la vulgar asignación de una tarea.

Lo más importante es jamás dejar de perseguir la belleza, la poesía, el alma; desde el “género” fotográfico o la técnica que sea.

Lo demás es vómito.

De la “comunicación” en la era de las comunicaciones

Aseguran que el mundo está cada vez más unido, que se está creando una relación fraternal al acortarse las distancias, al transmitirse los pensamientos por el aire. ¡Ay, no deis crédito a semejante unión entre las gentes! Al entender la libertad como un aumento y un rápido alivio de las necesidades, [los hombres] alteran su propia naturaleza, pues alimentan muchos deseos y costumbres estúpidos y carentes de sentido, muchas fantasías disparatadas. Viven solo para envidiarse mutuamente, para el deleite y la arrogancia.

Fiódor Dostoyevski, 1880.

El catastrófico panorama actual de Latinoamérica…

…tras la reciente elección en Colombia del ex guerrillero, Gustavo Petro:

Infografía: AFP | Adaptación: Johanna Mellado, Emol

Cabe recordar que, al momento de publicar esta infografía, Quito se encuentra bajo ataque, como parte de lo que ya constituye a estas alturas una verdadera tradición latinoamericana: me refiero, por supuesto, a los sistemáticos intentos de derrocamiento de gobiernos de centroderecha por la vía violenta. Asimismo, todo parece indicar que Brasil se encuentra a solo una elección presidencial de volver a caer en manos de la izquierda “de inspiración bolivariana”.

Supongo que es cierto lo que dicen por ahí: emigrar a otro país de Latinoamérica es como cambiarse de camarote en el Titanic.

Oda a la vieja Web

No hace falta estar muy versado en materia de diseño o programación para darse cuenta de que -al menos en el momento en que se publican las presentes líneas- este sitio posee una estructura y appeal  bastante… “peculiares”.

Los más cínicos podrán decir que pareciera que fue hecho a la rápida, sin un ápice de cariño y conocimiento o simplemente por un vago (en cualquier caso esto último tiene bastante de cierto). Los más perspicaces advertirán que se trata de un esfuerzo consciente por replicar el estilo de la Web de hace 20 años.

Aquella era una buena época para internet. No necesariamente porque “todo tiempo pasado fue mejor” -aunque reconozco mi indiscutible sesgo nostálgico-, sino por verdaderas razones de peso (ya veremos que esto último es, además, literal). Ciertamente no era perfecta y en no pocos aspectos era incluso peor que la actual. Así y todo, el balance termina favoreciendo a la vieja internet.

Y es que en la Web de hace 20 años no existían conceptos como Google Ads, SEO y monetización. Ingresabas a un blog como este y no tenías que enfrentarte a un pop-up insoslayable con un mensaje estúpido de un autómata con cara de payaso y corte caribeño, tipo “mentalidad de tiburón”, convencido de que por utilizar un lenguaje asertivo y falsamente cercano caerías rendido a sus sabios pies: “Hola, ¿cómo te encuentras? Espero que excelente. Te agradezco tu visita. ¿Quieres aprender de marketing? ¡Suscríbete aquí, que quiero compartir contigo los 10 mejores secretos del mercado! Además recibirás gratis mi e-book sobre coaching y plantación de pepinos etc.”.

Una F por los buenos tiempos.

En la Web de hace 20 años, una inocente y verdaderamente artesanal antes que comercial, imperaba un espíritu de genuina camaradería, curiosidad, experimentación y aprendizaje -solo se conectaban los que más o menos sabían lo que hacían-, no uno de explotación económica y vigilancia promovido inocente e inconscientemente por gente que tal vez jamás debió conectarse a internet.

En la Web de hace 20 años, los ligeros y funcionales sitios de la red de redes tardaban minutos en cargar, sí, pero por la lentitud de las conexiones telefónicas, no porque aquellos estuvieran diseñados por soy-devs millennials, fanáticos del bloatware yempecinados en crear adefesios que, para poder mostrar un mero título, un texto de 500 caracteres y un par de imágenes, terminan pesando 20 MB a puro Javascript, cookies, trackers y demás basura, incluso -sobre todo- cuando se trata de la web corporativa de ciertas empresas que dicen adorar el “minimalismo”.

(Aprovecho de asumir, no sin algo de vergüenza, que este sitio web no es más que una pobre emulación visual hecha con WordPress y una plantilla propietaria, pues aún me falta mucho HTML y CSS por aprender. Con todo, no tengo problema en reconocer esto último. Estudié derecho, no informática, y cuando chico me la pasaba leyendo cosas, no jugando con la terminal en un PC pre Intel Pentium. Además, también salía a la calle a correr con los vecinos en vez de encerrarme a jugar Dungeon and Dragons en el sótano con amigos imaginarios.)

Como sea, el objetivo de este post no es detallar todas las razones por las que el internet de antes era mejor que el actual (para eso desvariamos en un podcast completo por una hora), sino evocar ese zeitgeist virtual noventero-dosmilero, explicar un poco el razonamiento detrás de la decisión estética de quien escribe, y animar a quien se interese por dicha estética y ese viejo espíritu ciber-aventurero a indagar un poco más en el universo de cierta movida actual, un tanto desconocida pero bastante fascinante…

Grandes bloques de concreto

Hay gente del ámbito del diseño web que, en un arranque de verdadera creatividad y esnobismo, ha osado denominar al movimiento actual que busca emular esa vieja estética Web como “brutalismo”, tomando prestado el concepto, evidentemente, desde la arquitectura, el modernismo y el trabajo de Le Corbusier.

No soy el primero en plantear mis dudas sobre el concepto puesto que, al margen del razonamiento que supuestamente habría detrás -una suerte de analogía en cuanto a las estructuras crudas y funcionales-, la verdad es que poco tienen en común la arquitectura de edificios setenteros erigidos en Europa del Este y el diseño de sitios web que muchas veces hasta se exceden en lo barroco, rayan en lo kitsch y resultan ser un verdadero festival de flashes y colores, con GIFs chillones que podrían desatar un ataque de epilepsia a cualquiera, y con títulos en WordArt cuya utilización más allá de las portadas de trabajos escolares debiera estar penada por ley.

Bien hecho, camarada programador. El Secretario del Partido estaría orgulloso.

Otros hablan simplemente de la small web: una suerte de ecosistema invisibilizado por los grandes buscadores, los algoritmos y el exceso de ruido que, relegado a un oscuro rincón de internet, existe y se mantiene por y para aficionados nostálgicos que, como yo, extrañan esa vieja Web y sus valores de forma y fondo.

Más allá de la denominación, lo cierto es que esta tendencia, minoritaria o no, existe y es una a la que vale la pena echarle un ojo. Por ello, además de diseñar el pequeño y patético tributo digital en el cual estas líneas son publicadas, quisiera compartir algunos recursos modernos para al menos infartar a cualquier ñoñomayor de 30, con una buena sobredosis de nostalgia.

Algunos recursos y referencias

Blogs y sitios web personales

Servicios

La entrada a las puertas del cibercielo.

Manifiestos a favor de webs más simples

Bonus track

Del minimalismo

Es importante hacer una distinción a la luz de estos ejemplos. Como podrá apreciarse, un sitio web moderno pero diseñado al estilo noventero no necesariamente es sinónimo de sencillez, limpieza visual o “minimalismo”. Ya hemos visto que una web hecha antes del cambio de milenio perfectamente puede pesar unas meras decenas de KB y, en lugar de lucir una prístina y elegante concatenación de letras negras en Times New Roman sobre un fondo blanco con apenas uno que otro hipervínculo a la vista, parecer una obra colorinche parida por Andy Warhol después de recibir las explosiones multicolores de una docena de huevos paridos -esta vez literalmente- a través de la vagina de Milo Moiré.

Por otra parte, un sitio actual con una estética “minimalista” tampoco es  necesariamente uno liviano y sencillo como los que se programaban hace veinte años. Pregúntenle si no al mencionado creador de Pinboard y experto en el tema, Maciej Cegłowski; malamente un fan del trabajo hecho por los diseñadores y programadores de apple.com con sus decenas de megabytes a cuestas, sus ridículamente gigantes e incómodos espacios en blanco y su elegante chickenshit minimalism, al que, de hecho, define como: “the illusion of simplicity backed by megabytes of cruft”.

Se trata, en definitiva, de dos cosas diferentes, pero estrechamente relacionadas y que muchas veces se cruzan.

Pirámide alimenticia de un diseño web saludable (© idlewords.com)
Cómo es en la realidad (© idlewords.com)

Ahora bien, gran parte de lo que pueda rescatarse de este artículo tal vez no pase de ser una cuestión  lúdica y nostálgica, es cierto. A ratos puede parecer estimulante perderse por horas y horas navegando en una red de hipervínculos, directorios y webrings. Después de todo, ¿quién necesita sentir aquellos aromas campestres asociados a los secretos culinarios de nuestras abuelas, cuando el simple GIF de un obrero de la construcción tirando pala o un MIDI de 8 bits puede retrotraernos rápidamente a nuestra más tierna infancia?

También existen, desde luego, las conclusiones eminentemente prácticas: aquellas que desde las cada vez más remotas tierras del sentido común nos dictan y recuerdan que los sitios web debiesen volver a diseñarse y programarse con miras a cumplir ciertas metas: reducir el peso; disminuir los tiempos de carga; podar los trackers, ads y demás porquería digital. O en simple, nada más debiesen volver a diseñarse y programarse con miras a cumplir un único y gran principio: complacer al usuario de internet y hacer su vida lo menos frustrante posible.

Sin embargo, me parece que hay algo más que rescatar desde el espíritu y la piel de esa vieja Web; algo tal vez un poco más profundo y profundamente filosófico. Estoy pensando en el valor, incluso artístico, del minimalismo. Pero del auténtico minimalismo, no de la prostituida sombra conceptual en plan New Age sobre la que hoy se escriben libros de autoayuda y miles de blogs.  Hablo de la fotografía purificadora y terapéutica de Michael Kenna; de la literatura pulcra y podada como un bonsai que puede encontrarse en un haiku o incluso en el paradójicamente elaborado estilo de Hemingway.

Muchos podrán dar fe de que uno de los ejercicios más difíciles en cualquier manifestación artística es dejar afuera, soltar; aprender cuándo enough is enough y a decir “basta”. Como clamaba Steve Jobs -no me pierdo la ironía-: “Simple can be harder than complex: You have to work hard to get your thinking clean to make it simple. But it’s worth it in the end because once you get there, you can move mountains.” Hacer del “menos es más” de Van der Rohe una guía práctica más que un lugar común es complejo y probablemente uno de los estadios finales en cualquier sendero creativo. Pero el resultado paga: la satisfacción obtenida, aunque no sea el objetivo, resulta terapéutica y adictiva. Y para el espectador también.

© lifeseven.com

Diseñar o programar una web, creo, no es distinto. Como en la fotografía, como en la literatura, como en el cine o cualquier otra manifestación creativa, es importante aprender a dejar solo lo esencial, a encaminar la mente y el espíritu -o más bien apaciguarlos- a dejar de lado las aprehensiones y las obsesiones, a descubrir qué es lo esencial.

Las palabras de un gran programador -y filósofo- en su presentación dirigida a colegas, sobre el estado actual de la web, resultan inspiradoras:

I want to share with you my simple two-step secret to improving the performance of any website.

1. Make sure that the most important elements of the page download and render first.

2. Stop there.

You don’t need all that other crap. Have courage in your minimalism.

Maciej Cegłowski

Cómo hacer una mesa de centro-librero artesanal con materiales reciclados

Las bellas cosas de factura artesanal calientan el corazón. El calor de las manos  se transfiere a las cosas.

Byung-Chul Han

Materiales:

  • Un pallet
  • Vidrio triple
  • Vidrio doble
  • Cuatro cajones de madera
  • Ocho ruedas con base para muebles
  • Diez escuadras de fijación pequeñas
  • Tornillos
  • Clavos
  • Lija

Instrucciones:

1. Lijar cada centímetro de superficie lijable del pallet y los cajones.

2. Clavar los cajones sobre el pallet, en posición horizontal y con las caras abiertas hacia “afuera” o hacia los lados. (También se podrían dejar los cajones en posición vertical, lo que les daría mayor apariencia de patas y dejaría más espacio para meter libros con lomos más altos, sin embargo, como mesa de centro la superficie quedaría demasiado arriba.)

3. Atornillar dos ruedas en cada cajón, en las caras que quedan mirando hacia “arriba”. Pueden ser más o menos ruedas, de menor o mayor tamaño en cada caso, pero deberán aguantar el peso de todo el aparataje -pallet, cajones y libros-. Además el peso debe quedar bien distribuido.

4.Voltear el mueble. Medir el espacio rectangular que queda en el “nivel inferior” e insertar un vidrio con las medidas justas. Aquí usamos vidrio transparente tradicional de grosor doble. Menos que eso no recomendaría y más me parece un gasto innecesario.

5. Medir el ancho y largo del pallet. Instalar encima otro vidrio con las medidas adecuadas. En este caso usamos vidrio triple por razones obvias.

6. Atornillar las escuadras de fijación pequeñas en el pallet. Deben sostener las esquinas del vidrio superior y los bordes del vidrio inferior .

Voilâ!

Por supuesto, como bien dijo don José Piñera, todo es perfectible, hasta la Capilla Sixtina. Se podrían modificar varias cosas: el tipo de pallet, el tipo de vidrio, el grosor de estos, colocar más escuadras con fines estéticos, etc. Aquí es donde entrará en juego la inventiva de cada uno. Más que mal, esta mesa se construyó sobre la marcha y de forma totalmente improvisada, nada más inspirado por la existencia de un pallet bonito previamente guardado y la necesidad de tener donde dejar algunos libros, revistas, el café y los pies.

Apple da muerte oficial al iPod y marca el fin de una era

Hace solo unos meses celebrábamos el cumpleaños número veinte del iPod. Lamentablemente, en esta oportunidad toca asistir a un funeral. Apple ha anunciado en su sitio web, esta misma semana, la descontinuación de la línea iPod Touch. De esta manera la compañía de Cupertino da muerte oficial al iPod y fin a una era.

Muchos podrán incluso sorprenderse de que la marca “iPod” siguiera viva, habida cuenta de que dichos dispositivos ya prácticamente habían sido erradicados del radar del consumidor promedio, con muchos de ellos, incluso, de seguro hasta olvidando su existencia.

Siendo justos, y considerando que el hasta hace poco sobreviviente iPod Touch nunca fue en realidad más que un iPhone con specs desactualizadas y sin antena telefónica, podría decirse incluso que el iPod como producto ya llevaba muerto un buen tiempo, ya que todos los demás modelos —iPod Classic, nano y Shuffle— habían sido descontinuados hace años. Con todo, al menos ahora puede decirse que la muerte del iPod es oficial y que ya no queda remanente alguno en existencia, más allá del “espíritu” que, como bien dice el SVP de marketing global de Apple, aún vive. Un espíritu que, por cierto, aún puede encontrarse en dispositivos contemporáneos como el iPhone o el iPad.

Today, the spirit of iPod lives on. We’ve integrated an incredible music experience across all of our products, from the iPhone to the Apple Watch to HomePod mini, and across Mac, iPad, and Apple TV.

Greg Joswiak, Apple’s senior vice president of Worldwide Marketing

Al margen de la exitosa e interesante historia del iPod (que se podrá encontrar fácilmente en cualquier sitio o canal de tecnología), es necesario destacar su importancia como objeto de culto, como antecedente de otros dispositivos que conforman el zeitgeist contemporáneo e incluso su conveniencia aún en estos días como dispositivo de reproducción musical portátil.

F.

Un reproductor de música dedicado en 2022

Confieso de entrada mi predilección, a la hora de escuchar música de forma personal, por un dispositivo dedicado o especializado. No se trata solo de una cuestión práctica —no uso smartphone—, pues aun cuando tuviese un llamado teléfono “inteligente”, estos últimos entregan una experiencia de uso que cada vez banaliza más la escucha musical. Dicha experiencia convierte al de por sí ya frío y abstracto archivo digital en un mísero commodity, accesible de manera instantánea de entre un catálogo virtualmente ilimitado de canciones que, o bien se ven interrumpidas con anuncios (¿escuchar el Dark Side of the Moon con un ad de reggaetón entre Brain Damage y Eclipse? Atroz), o bien nos obliga a pagar una mensualidad como si del colegio del cabro chico o la cuenta del agua se tratase (y que en cualquiera de los dos casos, además, se paga con nuestra información personal).

En estos tiempos hipermodernos de, como diría Byung-Chul Han, “no-cosas”, cuando la norma no es escuchar a determinado grupo o disco, sino que “Spotify”, disfrutar de la música personalmente adquirida, almacenada y catalogada en un objeto de mi propiedad, y mediante botones reales con una experiencia verdaderamente táctil —aun cuando se trate de archivos digitales—, se siente casi como volver a los tiempos del Walkman, con una experiencia más pausada y reflexiva, más cool y con más “personalidad”.

Esta idea es incluso rescatada en una excelente película, de relativamente reciente factura: Baby Driver. En ella, el coprotagonista indiscutido es, precisamente, el iPod (y no cualquiera, sino el Classic, con su característico tamaño mayor al de los otros y su Click Wheel). Así, Baby no solo colecciona (y compone) su propia música, también colecciona diversos modelos de iPod.

Pero no se trata solo de ficción o parecer hipster. Volviendo a lo factible de usar un dispositivo musical dedicado a día de hoy, aparecen allí también otras ventajas: la batería puede llegar a durar bastante más que la de un teléfono, no se depende de una conexión permanente a internet y existe un control absoluto sobre la música que escuchamos.

Más de alguno podría pensar que los únicos reproductores portátiles sobrevivientes en estos tiempos son aquellos fabricados por marcas de nicho como Fiio o Creative. Sin embargo, y como ya adelantaba, este humilde servidor utiliza su propio iPod Classic de quinta generación —aka “iPod Video”— a diario y sin problema alguno.

Para esto, sin embargo, se hace necesario practicar algunos mods. El primero y más necesario es por supuesto el cambio de batería por una nueva —idealmente una más grande que la incluida de fábrica—,  ya sea que se adquiera un iPod Classic sellado de fábrica o usado. El segundo, si bien no necesario pero sí extremadamente recomendable, es el llamado iFlash, consistente en instalar un pequeño adaptador que permitirá reemplazar el lento y limitado disco duro original por una tarjeta de memoria flash, más rápida y con cientos de GB de almacenamiento.

En cualquiera de los dos casos hay que destacar que el proceso de modificación es, salvando el paso en que se abre la carcasa del iPod a la fuerza, extremadamente sencillo, incluso para gente con manos torpes, genio limitado y/o escasa habilidad de modificación de hardware como quien suscribe.

Un objeto de culto

En un sentido fetichista, el iPod ha sido objeto de veneración por décadas. Sorprendiendo a todo el mundo ya con su primera generación, apenas iniciado el nuevo milenio, y haciendo gala de un diseño minimalista, sofisticado, futurista y distintivo, el iPod ha sido admirado por cientos de artistas, diseñadores industriales y coleccionistas que, sin empacho, lo sitúan en un selecto panteón de objetos electrónicos que hicieron historia, marcaron épocas y constituyeron, precisamente, hitos culturales. Hablo de dispositivos de la categoría de nada menos que el Walkman original de Sony, el Game Boy “ladrillo” de Nintendo o la Polaroid SX-70.

Los autores intelectuales de semejante proeza del diseño industrial e ingeniería son Tony Fadell, Jony Ive y, por supuesto, Steve Jobs. La belleza del resultado logró trascender a tal nivel que no solo son cientos los coleccionistas de iPods en internet que, cual Baby, se dedican a almacenar tantos modelos y colores como sea posible, sino que también ha concitado el interés de diversos espacios expositivos de renombre mundial, tales como el MoMA en Nueva York o el Science Museum en Londres, en cuyas colecciones se encuentran sendos ejemplares de esta maravilla tecnológica.

La filosofía detrás de un auténtico proto-iPhone

Muchas veces se dice que el iPod probablemente ha sido el producto más Apple de todos. Con esto se quiere expresar que se trata del dispositivo que mejor encarna el famoso “it just works”, la meta declarada de hacer una tecnología tan accesible como sea posible para el usuario promedio, y la filosofía del “hacer una sola cosa y hacerla bien”.

Este último es ciertamente un arte perdido. Cuando la sociedad del 2022 es una empecinada en hacer de la vida algo tan cómodo y conveniente como sea posible (a veces molestamente conveniente), tener un aparato viejo abocado a una sola función puede parecer algo torpe. Sin embargo, algo de artesanía hay en una producción indiscutiblemente masiva e industrial cuando, a pesar de tales características, ha sido diseñada para ofrecer un uso específico en un mar de objetos aburridos y rebosantes de funciones innecesarias; objetos que han dejado de resolvernos la vida para, incluso, llegar a complicárnosla con problemas nuevos e innecesarios.

Es el arte perdido del minimalismo.

Presentación del iPod original.

Como sea, para bien o para mal, la sociedad global cambió para siempre el 2007, una vez que Steve Jobs presentara el primer iPhone ante los ojos incrédulos del mundo entero. Y el iPhone en buena medida fue posible solo porque existió antes el iPod: un objeto que permitió a Apple perfeccionar el arte de la miniaturización del hardware, así como progresar a pasos agigantados en materia de software diseñado para dispositivos del tamaño de una baraja de naipes.

No oculto que la nostalgia me lleva a añorar ciertos tiempos más sencillos, tiempos previos a la pandemia de la adicción digital y la locura global en que nos hemos sumergido durante una década y media.  Por eso es que a veces me resulta grato ponerme los audífonos, cerrar los ojos y poner el (What’s the Story) Morning Glory de Oasis en un pequeño dispositivo offline que, como anunciaba uno de sus padres el día de su nacimiento, permitía almacenar 1.000 canciones en apenas el tamaño de una baraja de naipes.

Larga vida al Rey.

Al aire: TOCs on the Rocks EP-26

¿En qué se parecen las series de TV, la literatura y el reggaeton? | EP-26

En una entrevista postcuarentena, el connotado novelista Patricio Jara le preguntó al distinguido poeta Raúl Zurita si acaso la nueva prosa o narrativa se podía encontrar en las series de televisión. Curiosamente, este último respondió que sí. A partir de dicha afirmación, discurrimos en esta oportunidad sobre la comparación entre las historias que antes transcurrían en el papel y las que hoy transcurren en la pantalla, así como la forma en que influyen en estas últimas el streaming, el big-data y el inevitable y temido monstruo conocido como algoritmo (que además hoy descubrimos, gracias a Felipe, que tiene sexo).

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