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Todo lo que no sea fotos o links. La clase de posts misceláneos que normalmente comprendería un blog (?). ↓

Inteligencia artificial y cocreación literaria: experimentando con ChatGPT en la sala de clases

I. Introducción

El mes pasado se desarrolló en mi natal Antofagasta un interesante seminario, organizado por Fundación Minera Escondida, en torno a educación y el uso de la llamada “Inteligencia Artificial” (por ahora evitaré la discusión técnica y filósofica sobre por qué, en realidad, herramientas como ChatGPT no constituyen, en estricto rigor, ejemplos de inteligencia artificial, pero en adelante usaré dicho concepto indistintantemente por mera convención y razones prácticas).

Inspirado por el tema de dicho seminario es que he decidido compartir mi propia experiencia, desarrollada hace ya algún tiempo.

Y es que como profesor de taller de literatura de terceros y cuartos medios, me tocó hace algún tiempo abordar en un liceo bicentenario la unidad denominada “aprendamos a crear colectivamente”.

El objetivo de esta última, como su nombre naturalmente indica, es que los estudiantes, más allá de las formas de expresión literarias más típicas y tradicionales, conozcan el potencial de la utilización de múltiples manos en diversas manifestaciones creativas algo menos ortodoxas, las cuales podrían abarcar desde un simple cuento escrito a cuatro manos o un libro-álbum hecho en grupo, hasta algo más surrealista como el cadáver exquisito.

Técnica del cadáver exquisito en collage (Creative Commons)

Fue precisamente en dicho contexto —y ya que la misión del docente es, a mi entender, formar pensamiento crítico y, en la medida de lo posible, innovar— que en algún momento se me ocurrió imbuirme del espíritu lúdico propio de los surrealistas, adaptar este último al siglo XXI, y aprovechar los famosos modelos generales de lenguaje o “inteligencias artificiales” —la más famosa de las cuales probablemente sea ChatGPT de OpenAI— como una herramienta pedagógica para el desarrollo de dicha unidad.

En pocas palabras, mi intención era dividir cada curso en subgrupos de alrededor de cuatro alumnos, para que estos crearan de forma colaborativa un cuento. Luego, el formato implicaba avanzar la narración por rondas, sin perder de vista que, a diferencia de lo que sucede en el cadáver exquisito, en todo momento todos los integrantes estarían en conocimiento de lo que el resto estaba haciendo, y que siempre podrían intervenir en la dirección de la historia que como grupo irían construyendo —no en vano estamos hablando de creación colaborativa o cocreación—.

Para lo anterior se establecería un orden determinado y cada alumno aportaría un párrafo de forma secuencial. Entonces, una vez que todos los integrantes hubiesen escrito su correspondiente párrafo, se agregaría a ChatGPT como un quinto “integrante” para que continuara la historia. Así, con una intervención de cada miembro, incluyendo a ChatGPT, se completaría una ronda, y luego se continuaría la historia partiendo con una nueva serie de intervenciones.

Si bien queda a criterio del docente la cantidad de rondas necesarias para dar forma al relato de cada grupo —se recomienda que no sean demasiadas, para efectos prácticos—, en este caso se estableció que serían tres rondas, con lo cual, si tuviéramos un grupo de cuatro alumnos, estaríamos hablando de un texto literario de 15 párrafos.

De forma algo más gráfica, por si no ha quedado suficientemente claro, la cosa sería así:

  • Pedro escribe un párrafo.
  • Juan agrega otro párrafo.
  • Diego agrega otro párrafo.
  • María agrega otro párrafo.
  • ChatGPT agrega otro párrafo. Fin de la ronda: se vuelve al principio hasta completar tres.

II. Motivos para hacer el experimento

La realización de esta actividad me parecía sumamente interesante por varias razones:

  1. Acercamiento a los alumnos: Se pretendía acercar a los alumnos a temáticas contingentes que pudieran ser más próximas a su esfera de intereses y conocimientos. Desde este punto de vista, me parecía bastante plausible que jóvenes de tercero y cuarto medio se sintieran genuinamente estimulados y atraídos hacia lo que hoy en día está ocurriendo en el mundo de las tecnologías digitales con herramientas como, por ejemplo, ChatGPT, Dall·E y los deepfakes.
  2. Por razones estrictamente creativo-literarias: Se experimentaría con el potencial artístico de un modelo general de lenguaje o IA. Si lo que hoy está pegando y se viene con todo es la utilización a mansalva de dichas herramientas, para labores tan amplias como la programación de código, traducción de textos, síntesis de papers e incluso redacción de escritos legales (entre tantas otras cosas mucho más variopintas), indudablemente el uso de ChatGPT como herramienta creativa parecía ser una aplicación más que válida para, por ejemplo, desarrollar textos literarios escritos a varias manos, en donde la “inteligencia artificial” pasaría a ser un humano más dentro de cada grupo.
  3. Por un motivo crítico: A raíz de esto último es que se incentivaría el pensamiento crítico de los alumnos, con una discusión abierta y preliminar sobre la llamada inteligencia artificial, sus externalidades negativas y también las oportunidades que podría ofrecer no solo en el ámbito artístico-creativo, sino en general. Parte de esa discusión preliminar de índole crítica pasaría por hacerse preguntas como qué es la inteligencia, si acaso podría decirse verdaderamente que estas herramientas son inteligentes, si solo presentarían problemas o también beneficios, y en este último caso, de qué manera se podrían llegar a aprovechar en el aspecto literario, artístico en general o educativo.
  4. Razones educativas: Precisamente por la sobreutilización de ChatGPT en tantos ámbitos y su controvertido uso (o mal uso) en el educativo, es que me pareció legítimo explorar su utilización de forma guiada. En tal sentido se les expondría a los alumnos cómo fenómenos similares se dieron en su tiempo con internet y Wikipedia; herramientas cuya aparición llevó aparejada al principio un férreo rechazo por parte de colegios y universidades por considerarlos formas de hacer trampa, pero que luego terminarían aceptándose como elementos tecnológicos de cuya existencia simplemente no podemos abstraernos, y cómo, al fin, acabaría dándose paso a una era de “adaptación” de las comunidades educativas a dicha realidad. En pocas palabras: “si no puedes vencerles, úneteles”. Y es que si hay un buen momento para experimentar con la I.A. en el aula, en vez de incurrir en la probable necedad de proscribirla enteramente, creo que ese momento era justamente ahora.
  5. Razones tecnológico-pedagógicas: Finalmente, se estaría incentivando a los alumnos de forma autónoma a resolver problemas de forma creativa y a generar conocimiento por sí mismos, viéndose enfrentados a múltiples desafíos y obstáculos en el uso de estas TIC, y a la necesidad de aprender a lidiar con ellas sobre la marcha según su propia inteligencia se los permitiera. Ya veremos más adelante ejemplos del tipo de problemas que fueron surgiendo y las formas más o menos creativas en que los alumnos fueron resolviéndolos. ¿No les encanta a los expertos en educación evangelizar sobre el uso de las TIC en la sala de clases, como si se tratara de la panacea pedagógica? (Una opinión con la que, por cierto, no podría estar en mayor desacuerdo, aun como geek empedernido.) Bueno, aquí tienen un experimento perfecto.
Here’s Johnny!. Un ejemplo de deepfake (Creative Commons)

III. La actividad propiamente tal y sus etapas

1. Parte expositiva

Lo primero que toca hacer, antes de lanzarse a la actividad de lleno, es dictar una necesaria y nunca bien ponderada clase expositiva, ojalá con un importante componente de participación. La idea es explicar a los alumnos algo sobre estos temas de forma preliminar, ojalá preguntando a los propios estudiantes qué es lo que saben de la inteligencia artificial en general y de ChatGPT en particular.

La idea es dejar tan claro como sea posible —y siempre intentando obtener las respuestas de los propios alumnos, insisto— de qué se trata la inteligencia artificial, qué son los modelos generales de lenguaje, cuál es el estado del arte en la materia, algunas controversias interesantes (más sobre este punto en el apartado final de este texto) y cómo se han ido resolviendo estas, las implicancias sociales y económicas que se teme puedan venir, cómo otras tecnologías digitales generaron disrupción previamente en el ámbito educativo, etc., etc.

Aclarado ese panorama preliminar, toca la hora de debatir.

2. Parte deliberativa

En esta parte de la clase la idea es, basándonos en lo anteriormente expuesto, plantear preguntas abiertas a fin de generar una discusión a nivel del curso.

Estas preguntas, como ya se adelantó, se refieren a cuestiones como:

  • ¿Es la inteligencia artificial algo que presenta solo externalidades negativas o tendrá también efectos positivos? Si es así, ¿cuáles?
  • ¿Es efectivamente la inteligencia artificial “solo una herramienta”? ¿Podría decirse realmente que la tecnología “es neutra”?
  • ¿Cómo creen que podría utilizarse la inteligencia artificial “de buena manera” en el ámbito educativo?
  • ¿Qué problemas creen que genera el uso de herramientas como ChatGPT en el ámbito artístico-creativo?
  • ¿Cómo creen que podría utilizarse la inteligencia artificial “de buena manera” en el ámbito artístico-creativo en general y literario en particular?
  • ¿Cabe hablar realmente de “inteligencia”?

Etc., etc.

Cabe recordar que hasta este punto aún no se ha explicitado a los alumnos en qué consistirá la actividad de creación literaria.

Por otra parte, es de capital importancia en esta discusión la realización de la última pregunta, pues una vez desarrollada la actividad se volverá a consultar a los alumnos de forma abierta acerca de sus conclusiones sobre las posibilidades de la I.A. en el ámbito literario y si cabe realmente hablar de “inteligencia”, según sus propias observaciones y experiencia trabajando con el chatbot.

En mi experiencia, entre la parte expositiva y deliberativa puede ocuparse una clase completa. Menos que eso me parece que le restaría profundidad a una conversación sumamente enriquecedora.

3. Parte práctica (cocreación propiamente tal)

Realizada la discusión anterior, aquí toca finalmente exponer a los alumnos de qué se tratará la actividad literaria a realizarse en las clases siguientes, dando las mismas instrucciones que ya he señalado en la explicación preliminar de este texto. Es fundamental asimismo hacerle ver a los estudiantes los objetivos que se persiguen, recalcando una vez más —yo al menos procuro hacerlo seguido— la importancia de desarrollar el pensamiento crítico, así como explicar por qué esta es una experiencia valiosa e incluso innovadora.

(Creative Commons)

A pesar de que, como ya señalaba, la idea es que los alumnos resuelvan por cuenta propia y de forma colaborativa los problemas que puedan surgir, se recomienda darles algunos tips generales, a saber:

  • Para iniciar la actividad, el prompt que le den a la I.A. debe incluir el concepto: “Historias encadenadas en colaboración”. Esta frase es clave para que ChatGPT “comprenda” correctamente cuál es la actividad específica que se le está pidiendo. Luego, los detalles, ya quedan en manos de los estudiantes.
  • Los estudiantes deben procurar dar feedback al bot, calificando sus aportes en tiempo real y escribiéndole de forma natural, como le hablarían a una persona.
  • Ha de recordarse que la I.A. es una herramienta que debe adecuarse a lo que los estudiantes requieran y no al revés. Por lo tanto, si ChatGPT no está respondiendo como aquellos quieren, tendrán que ver de qué manera pueden cambiar el comportamiento de este último (esto significa que los alumnos tendrán que ser asertivos y hasta ingeniosos con sus prompts según se vayan dando las cosas, por ejemplo en caso de que los fragmentos de ChatGPT sean muy extensos, tengan un estilo que no les agrade, que el bot introduzca un giro argumentativo que no les guste, etc.).
  • El uso de los modelos generales de lenguaje constituye un serio problema desde la perspectiva de la privacidad de los datos, por lo tanto, se debe evitar introducir información personal. Por razones prácticas y de orden se recomienda que los alumnos se identifiquen, pero procurando utilizar pseudónimos. (Personalmente, creo que es fundamental hacer entender a los alumnos la importancia de la privacidad en el contexto digital actual, pero esa ya es una discusión mayor.)
  • La idea es que los estudiantes le saquen el juego a la I.A., ya que esta puede ser no solo un interviniente más, sino que puede, por ejemplo, irles dando un resumen de lo que llevan.
  • Los estudiantes no deben perder de vista que la idea es discutir en cada momento y entre todos el relato que se va armando. Y es que, a fin de cuentas, el objetivo práctico de la actividad es crear una historia de forma colaborativa que resulte satisfactoria. Los estudiantes debiesen comentar la dirección general del texto, las intervenciones de cada integrante, etc.
  • Por último, ante cualquier problema o duda referente al uso o manejo de ChatGPT, lo idóneo es que los propios alumnos lo traten de resolver, y que acudan al profesor solo como último recurso y tras haberlo intentado por sí mismos (evidentemente esto se refiere solo al manejo de ChatGPT, pues si los alumnos tienen dudas sobre las instrucciones o la actividad propiamente tal, solo uno como profesor puede responderlas).

Se recomienda dar una o dos clases completas para que cada grupo desarrolle la actividad.

4. Exposición y discusión posterior

Una vez terminados los relatos, se le pide a cada grupo que los lea frente al curso. Esta es, además, la instancia que aprovecharemos no solo para que los otros alumnos opinen sobre los relatos, sino también para, como profesor, preguntar a cada grupo sobre su experiencia de trabajo con una I.A. en materia literaria y, nuevamente, generar una discusión abierta sobre aquellas mismas preguntas generales que ya se habían planteado pero antes de comenzar la actividad.

Algunas preguntas que podrían formularse:

  • ¿Cuáles fueron los prompts que usaron para dar instrucciones a la I.A.?
  • ¿Qué obstáculos o desafíos se encontraron a lo largo del camino y cómo los resolvieron?
  • ¿Cuáles son sus opiniones en general sobre ChatGPT como herramienta de cocreación literaria?
  • ¿Es realmente inteligente la “inteligencia” artificial?

IV. Mi propia experiencia en la sala, algunas observaciones y conclusiones

Llegamos finalmente a la parte que verdaderamente me interesaba exponer.

En mi caso, lo primero, como ya señalaba, fue realizar una clase expositivo-participativa para abordar ciertos aspectos generales y fundamentales sobre la inteligencia artificial, algunos ejemplos actuales de la misma en diversos ámbitos (en texto, imagen, música, etc.), los modelos de lenguaje y ChatGPT en particular. Para ello fui preguntando a los mismos alumnos, a fin de medir los conocimientos generales sobre la materia.

Ai-Da, una “robot artista” (© Design Museum de Londres)

A este respecto debo decir que me vi bastante sorprendido. Y no necesariamente de forma positiva.

En algunos cursos hubo un par de alumnos que estaban perfectamente conscientes de lo que se les estaba planteando, pudiendo sacar a colación ejemplos como los ya mencionados Dall-E y los deepfakes. Sin embargo, se trató de casos minoritarios, pues la preocupante verdad fue que, contra todo pronóstico, y a pesar de que, en la mente de uno, se trata de un tema no solo tremendamente contingente, sino controvertido y sobre todo importante, al final se termina constatando una vez más la preocupante realidad del desconocimiento y la desinformación del estudiante chileno promedio (que tal vez podría referirse más bien al “chileno promedio”, a secas). En pocas palabras, la mayoría no tenía idea de qué era la inteligencia artificial y decían no haber escuchado hablar de ella. Con suerte, solo algunos sabían de la existencia de ChatGPT (y que solo servía para hacer trabajos, obvio).

Pendiente tendrá que quedar la discusión sobre esta preocupante disociación que hay entre la inédita disponibilidad de oportunidades de información que tenemos en este momento de la historia, y el escaso conocimiento efectivo que los jóvenes logran tener sobre algunas circunstancias actuales y fundamentales de Chile y el mundo.

Si se me permite la digresión, escandaliza ver cómo los jóvenes (de acuerdo, probablemente pase con gente de todas las edades, pero en este caso estamos hablando de estudiantes de dieciséis y diecisiete años, en quienes probablemente se observa el fenómeno con mayor severidad), escandaliza ver cómo los jóvenes, bien digo, a pesar de las ya mencionadas e inéditas oportunidades de información que hoy existen gracias a las tecnologías digitales, no solo se automarginan en silos y cámaras de resonancia en lo referente a aspectos ideológicos, sino incluso en lo relativo al conocimiento más elemental. En pocas palabras, parece que el adolescente chileno promedio no logra escapar de la tiranía del algoritmo, y si su tendencia natural es a pasar horas y horas viendo poco más que, por ejemplo, memes o “noticias” referentes a “influencers” de internet, al final a sus feeds no logran llegar más que memes y noticias de influencers, por más que el país a su alrededor o el mundo entero pueda estar cayéndose a pedazos.

Tengo algunas hipótesis y varias ideas sobre este fenómeno en particular, pero bueno, como he dicho, se trata de una discusión tecnológica y social que, dada su extensión, tendrá que quedar para otro momento.

Volviendo a la exposición del tema general de la I.A. frente a los alumnos, eché mano a algunos casos reales y controvertidos que podrían resultar interesantes. Después de todo, no solo de potenciales hecatombes en el mercado laboral vive el hombre: también toca escuchar de vez en cuando historias divertidas como la polémica de uno de los ganadores del Sony World Photography Awards, quien usó una I.A. para generar la imagen seleccionada; o la de los packs de fotos que se vendían por Only Fans y que terminaron perteneciendo no a una modelo, como sus ilusionados seguidores creían, sino a una “mujer” inexistente también generada por I.A.

En lo que se refiere a la realización de la actividad propiamente tal no observé muchas sorpresas y todo se dio de manera bastante “normal”. Los alumnos comprendieron las instrucciones y respondieron de manera adecuada. Es así que al cabo de una clase y media los grupos ya tenían sus historias terminadas.

Llegamos entonces a la exposición de las historias de cada grupo frente al curso y el momento en que planteo las preguntas de reflexión post-actividad. Y es aquí donde, según mi parecer, las cosas se tornan gratamente interesantes.

Una de las conclusiones en que varios grupos coincidieron es que ChatGPT, si bien puede ser utilizado como una ayuda en el ámbito artístico, aún está bastante lejos de ser una genuina herramienta de creación literaria. En tal sentido, destacaron cómo resultaba muy obvio al leer sus textos que se trataba de una inteligencia artificial, y sin ir más lejos, uno mismo, al escuchar sus historias, podía darse cuenta fácilmente de cuáles eran los párrafos que fueron escritos por miembros del grupo y cuáles por ChatGPT.

En la misma línea, una alumna “le pegó el palo al gato” al expresar que los fragmentos generados por ChatGPT eran “demasiado family-friendly“. Y eso era notorio, como bien digo, al oír las mismas narraciones, donde no faltaban los pasajes que aludían a valores como la amistad y el amor, y siempre parecía haber una moraleja santurrona mientras los personajes cabalgaban en unicornio por un arcoiris hacia el horizonte; un enfoque, desde luego, válido, pero que no podría estar más lejos de la autenticidad propia de la literatura que uno esperaría no solo de sus alumnos, sino de cualquier humano que escriba.

Ante mi pregunta de si intentaron modificar el tenor de esos fragmentos solicitando al bot otra cosa, me encontré con un par de anécdotas soprendentes. Un grupo, por ejemplo quiso que ChatGPT matara un personaje, pero aquel se negó, con una de esas monsergas clásicas en que afirma no estar programado para poder hacer tal o cual cosa.

Por lo visto, la excesiva “moralidad” (¿matar un personaje es “inmoral”?) impresa por los programadores de OpenAI en las líneas de código de ChatGPT parece abarcar incluso la generación de historias ficticias.

En otro caso, un grupo de alumnos, en cuya historia había dos personajes masculinos, le solicitó a ChatGPT “que escribiera un final gay”. Sin embargo, nuevamente, el bot se negó aduciendo que no podía hacerlo porque se podían “promover estereotipos” (¿?). La vuelca de tuerca interesante aquí, sin embargo, es que los estudiantes lograron su cometido simplemente cambiando el prompt, y pidiéndole a GPT que generara un final en el que ambos personajes terminaran juntos.

“Una pintura impresionista al óleo de un robot escritor”, generada con Dall-E de OpenAI.

Cabe destacar que en todos los casos los grupos conformaron sus rondas siempre dejando a GPT como el último “integrante”, aunque nunca se les indicó exactamente que debieran seguir dicho orden. Tal vez hubiera resultado interesante que, por ejemplo, fuera GPT quien generara un pie forzado para partir una historia, o que el bot generara quiebres en la estructura narrativa ubicándose entre dos pares de humanos (vale decir, siguiendo el orden: alumno > alumno > IA > alumno > alumno).

Por último, en cuanto al planteamiento de eventuales dificultades que los alumnos hubieran encontrado a la hora de operar con GPT, no surgió nada destacable. A lo sumo se dieron algunos casos en que los integrantes de algún grupo estimaron que las respuestas dadas por GPT eran, por ejemplo, demasiado extensas, casos en los cuales simplemente se limitaron a pedir a este último que escribiera textos más breves.

Dicho todo lo anterior, cuando volvimos a la pregunta inicial de si acaso se podría afirmar que estas llamadas inteligencias artificiales (que, ya hemos dicho, en estricto rigor no son más que modelos generales de lenguaje) eran realmente inteligentes, la mayoría respondió de forma negativa, aduciendo razones como las ya señaladas en cuanto a las limitaciones literarias de la herramienta, y cómo los textos generados por la misma distaban mucho en términos de calidad y profundidad de lo que cada uno de ellos podría llegar escribir como autor. Sin perjuicio de lo anterior, señalaron que igualmente podría usarse ChatGPT como un recurso para, por ejemplo, destrabar bloqueos creativos y generar cambios de dirección en una trama a partir de los cuales trabajar.

Tengo que ser majadero: en mi humilde y muy personal filosofía pedagógica, la función clave del proceso educativo es, además de forjar valores y transmitir conocimiento (algo indudablemente importante, por más que algún necio pretenda que ello no es así porque supuestamente “hoy en día está todo en internet”), la función clave del proceso educativo es, reitero, formar pensamiento crítico. (Por cierto, en varios casos me di cuenta de que si el concepto de “inteligencia artificial” no está en el radar de los alumnos, las respuestas a preguntas como: “qué es educar”, “para qué educar” y “qué es el pensamiento crítico” MUCHO menos.)

Debo reconocer que tengo opiniones sumamente férreas (ojo, no pétreas) y críticas en múltiples temas, y el de la sobreutilización de las TIC en tantos ámbitos de la vida actual es uno de ellos. Por lo tanto, lograr que los alumnos comprendan por sí mismos que al final del día ChatGPT no es realmente “inteligente”, y más aún, que desde una perspectiva ya no tecnofilosófica, sino estrictamente literaria, ellos mismos son mejores escritores que un modelo general de lenguaje, me complace tremendamente y me deja satisfecho en cuanto a la experiencia en general; un verdadero triunfo del pensamiento crítico.

Con todo, quedó pendiente en la conversación con los alumnos un último punto que lamentablemente no se alcanzó a discutir con la atención y seriedad que merece: y es que muchos de ellos parecen no ser capaces de proyectar correctamente la evolución de estas tecnologías hacia el futuro inmediato; en buena medida, creo yo, porque no han sido testigos atentos y en tiempo real del nacimiento y desarrollo de este tipo de herramientas, y por ende no logran dimensionar el rápido avance de las mismas.

En tal sentido, los alumnos remarcaron que, aún teniendo el potencial —que, según juzgan, está ahí, ChatGPT “hoy en día” no puede competir con un autor humano a la hora de escribir un texto literario.

Cuando les pregunté cuándo creían entonces que sí podría hacerlo, alguien hizo un pronóstico al aire: “no sé, a lo mejor recién en cincuenta años”.

No pude menos que sonreír.

Una clase magistral

De inocencia e incompetencia.

A quien le interese ver el resto del segmento, incluyendo la brillante imputación de Patricio Navia, puede verlo acá.

Escuchar Kid A en 2023 (un nuevo y fatídico 2000)

Hace no mucho Radiohead lanzó Kid A Mnesia, una edición conmemorativa de 20 años (un negocio bastante de moda, lo sabemos) tanto del mítico Kid A (2000) como de su sucesor, Amnesiac (2001). Con todo, lo más interesante es que, con ocasión de dicho relanzamiento, Thom Yorke volvió sobre sus textos, garabatos y trabajos visuales de la época con el diseñador de la banda y artista, Stanley Donwood.

Como fan declarado del arte de Yorke y Donwood —y ciertamente del Kid A, así como Amnesiac— no pude evitar zambullirme por un agujero de conejo que me llevaría finalmente a conocer el libro homónimo de ambos, algunas entrevistas conjuntas y el cautivante “videojuego”/exposición virtual.

Stanley Donwood y Thom Yorke en el taller del primero.

Imbuido de esos escritos, sonidos y pinturas bizarras es que me puse a reflexionar.

Cuando se repasa el catálogo de Radiohead y la que para la mayoría es su obra maestra, OK Computer (1997), la crítica especializada suele alabar no solo la calidad monumental del tantas veces encumbrado “mejor disco de los noventa”, sino también la forma tan acertada en que Yorke logró capturar tanto en sus letras como sonidos el zeitgeist de la época.

Dicen que OK Computer retrató a la perfección la alienación de fines de los noventa ante el inminente —y por muchos temido— cambio de milenio: consumismo desatado, un ritmo de vida cada vez más frenético, la inminente robotización y digitalización de todo, el nihilismo y su falta de respuestas; una suerte, se dijo más de alguna vez, de The Dark Side of the Moon moderno. (No pocas veces también se ha dicho que Radiohead sería una suerte de Pink Floyd contemporáneo, no tanto por sus sonidos evidentemente distintos, sino más bien por lo rupturista de ambas bandas en sus respectivos contextos musicales. Con todo, no nos perdemos la ironía de que Pink Floyd debe ser la banda más odiada por el quinteto de Oxford.)

Sin embargo, creo que de alguna extraña y abstracta manera, el retrato psicosocial logrado tres años más tarde en Kid A es una proeza audiovisual —kudos a Donwood y su artwork— aún mayor.

Indisolublemente atado a la propia crisis existencial de Thom Yorke tras el éxito comercial de OK Computer, Kid A representa, tanto en su sonido como en el imaginario visual que el susodicho y Donwood cocrearon, una obra etérea con atmósferas angustiantes, opresivas y a ratos, por qué no reconocerlo, depresivas, que ahora debe hacerse cargo de guerras en suelo europeo, crisis económicas, el apocalíptico bug Y2K y la sensación de que el fin de la humanidad, una vez más, está cerca. Quiebres globales e individuales por doquier.

Es cierto: así como la humanidad jamás ha vivido exenta de desastres, la industria de la prensa jamás ha vivido de noticias felices, y esperar lo contrario, francamente, sería seguir pensando a la manera en que lo hace un adolescente iluso que todavía cree en Santa Claus y un mundo sin dinero. Sin embargo, cuando uno lee ciertas noticias a día de hoy, no puede evitar sentir que el contexto global hace que Kid A esté más vigente que nunca, ¡incluso más, tal vez, que en el momento mismo de su lanzamiento hace 23 años!

Y es que abrir cualquier sección internacional de noticias en este preciso momento es recordar que vivimos bajo —o intentamos sobrevivir a— la pesadillesca tiranía del algoritmo y las redes sociales, el Big Data, la adicción a las pantallas y las consiguientes pandemias de ansiedad y depresión; o bien la demolición, a manos de la revolución digital y sus acólitos acríticos, de ya ni siquiera lo artesanal, sino derechamente lo material y lo permanente; o la sistemática violación de la privacidad y la al fin cumplida promesa distópica de un totalitarismo político-social basado en el control telemático.

Abrir cualquier sección internacional de noticias en esta era de Deep Webs, deepfakes y fake news es también recordar la incertidumbre financiera en los Estados Unidos y el mundo, así como la sombra —nunca desaparecida del todo— de una extinción masiva, sea a raíz de un puto virus chino, una nueva perspectiva de guerra nuclear, o incluso una maldita y súbita explosión en el desarrollo de la inteligencia artificial cuyas consecuencias el mainstream aún no alcanza a comprender y sobre la cual los mismos involucrados ciernen sus advertencias día tras día.

(Además, experimentado en Chile se siente peor: a la pesadillesca sucesión de eventos globales de estos últimos cuatro años debe agregarse la precedente explosión de una terrible crisis local de índole política, social, económica y de seguridad; felizmente celebrada por muchos durante su gestación en octubre de 2019, hoy lamentada en un mar de lágrimas por los mismos que la propiciaron con inadvertida, negligente e idiota complicidad.)

Stanley Donwood: “Trade Center”, acrílico sobre lienzo (2000)

Insisto: es verdad que cualquier día en la vida de un hombre es suficientemente fértil para abrir el portal de noticias internacionales de turno y encontrarse con una plétora de eventos nefastos (cuya colocación, incluso, podríamos razonablemente especular ha sido orquestada por una élite global a efectos de echar mano a una herramienta de control tan útil y vieja como la propia maldad humana: el miedo). No obstante, con la misma majadería reitero que la sinfonía de contingencias actual tiene sus particularidades.

No digo que el mundo se vaya a acabar mañana. Lo más probable es que, como en el 2012 y las otras decenas de momentos de delirio colectivo que le han antecedido por siglos, a la Tierra aún le queden muchas traslaciones alrededor del sol con nuestra grata presencia a cuestas. Sin embargo, la sensación colectiva de pesimismo y fatalidad, que en sí misma algo ha de valer, parece estar presente una vez más e imponerse.

¿No es acaso peculiar cómo mientras suenan los trombones apocalípticos de The National Anthem, cambia nada más la bandera de los suelos sobre los que se derraman sangre y casquillos; Kosovo a fines de los ‘90, Ucrania a día de hoy? ¿O cómo la delirante y paranoica Idioteque sirve para escenificar un antiguo temor al bug Y2K (al final tan inocuo como hilarante su recuerdo) que hoy se encarna en el terror al advenimiento de una I.A. general?

Esta parece ser una época en la que al mundo, curiosamente y nada menos que 23 años más tarde, Kid A le viene, en calidad de banda sonora, como anillo al dedo.

Al aire: TOCs on the Rocks EP-39

El futuro de los humanos en un futuro sin humanos

(17 de abril de 2023)

Dicen que el transhumanismo -o incluso posthumanismo- no es una pregunta de esas tipo “si es que” sino “cuándo”. ¿Será realmente inevitable que acabemos siendo cíborgs? Y si es así, ¿estaremos condenados como sapiens a la decadencia física e intelectual? Capítulo que se sube “algo” atrasado pero más vale tarde que nunca. 🙂

Escúchalo en:

Al aire: TOCs on the Rocks EP-38

Este año se acaba el mundo… ¡Ahora sí que sí!

(14 de febrero de 2023)

Mayas, guerra nuclear, ingeligencia artificial… ¿Por qué la humanidad viene especulando sobre un inminente Apocalipsis desde hace siglos? ¿De qué forma afecta este pensamiento nuestra toma de decisiones? ¿Y estaremos hoy efectivamente más cerca de la extinción de la especie?

Escúchalo en:

Aventuras fotográficas en la urbe

(“Everybody Street” / CHERYL DUNN)

Una de las cosas más divertidas de hacer street photo, como atestiguará cualquiera que le haya dedicado muchas horas al oficio, son esas interacciones rápidas, transitorias y pintorescas que se dan de vez en cuando con algún sujeto random en la calle.

Ahora bien, si hablo de interacciones “rápidas” y “transitorias” es porque, desde luego, aquellas conversaciones más extensas que se puedan dar con, digamos, un sujeto a retratar, representan un mundo aparte; algo más profundo y definitivamente menos “pintoresco”.

Cabe acotar igualmente -aunque en esta ocasión particular no resulta del todo relevante- que parezco ser la clase de personas a quien, por alguna razón, siempre se le acercan mendigos, “locos” y otros tantos especímenes simpáticos propios de la fauna callejera. Eso, desde luego, otorga sus ventajas.

El por qué de esto último no deja de ser algo un tanto misterioso. Tengo varias teorías acerca de ello, pero en este caso diré que probablemente tenga algo que ver con el hecho de tener una apariencia inofensiva, incluso coronada por el uso de lentes (lo que sí resultará relevante en este caso).

Como sea, una de aquellas interacciones al paso y pintorescas en el ejercicio de la fotografía callejera se dio el año pasado, en las cercanías del balneario municipal de Antofagasta. Iba en micro cuando de pronto observé una postal muy llamativa: un niño pequeño, con parca, capucha y una mascarilla -eran tiempos de pandemia- vendía en un semáforo lo que parecían ser golosinas. Y si bien es cierto que imágenes de ese tipo son muy recurrentes en el norte, dado el descalabro inmigratorio de procedencia principalmente venezolana, esta vez no había ningún adulto cerca.

La imagen me pareció tan escandalosa y digna de ser retratada que me bajé apresuradamente de la micro, incluso cuando aún me faltaban varias cuadras para llegar a casa.

Caminé unos cuantos metros y observé desde la seguridad de una relativa lejanía: debía familiarizarme con el entorno y más o menos pensar la captura. Por lo demás, el hecho de que el niño no se alejara del semáforo, ofreciendo sus productos a los vehículos que se detenían ante cada luz roja, jugaba fotográficamente a mi favor.

De pronto los planetas se alinearon: una patrulla policial se detuvo varios autos más atrás del que iniciaba la hilera. Y como cualquier vendedor de semáforos sabrá (a modo de anécdota comento que alguna vez fui vendedor de diarios en un semáforo), la ruta a pie se inicia mecánicamente desde el primer auto hasta los de más atrás, tan lejos como el tiempo de la luz roja lo permita. De esta manera, el trayecto del niño se proyectaba de forma ineludible al Dodge de baliza verde y me daba algunos segundos para reaccionar.

Fue uno de esos momentos de pensamiento rápido donde las nociones estéticas, políticas y de todo tipo se conjugan en un borrador de imagen ideal dentro de la cabeza, más rápidamente que cualquier posible articulación lingüística incluso a modo de monólogo interior. ¿Un niño solo vendiendo en un semáforo con una impávida patrulla de fondo que simplemente seguirá su camino? Ahí podía haber algo.

Eché una carrera digna de Usain Bolt desde la esquina en que me encontraba hasta el semáforo en cuestión y seguí la espalda del niño unos pocos metros, solo lo suficiente como para no pisarle la cola y para que el encuadre de 35mm de mi lente fijo alcanzara también a capturar algo del contexto, incluyendo por cierto al vehículo policial.

Entonces, consciente de la ruindad de lo que haría a continuación, pero sin que ello me importara demasiado (debe ser, hasta donde recuerdo, una de las muy pocas capturas fotográficas donde he actuado de esta manera), intervine la escena, a efectos de obtener algo más que la espalda del menor; un pequeño cuya estatura, que yo calculo apenas de un metro cuarenta, debía evidenciar una edad de unos 8 años. Esperando capturar su rostro, grité.

“¡Oye, niño!”.

El niño se volteó sobre sus inusualmente delgadas piernas, se bajó la mascarilla y descubrió un rostro de anciana. Entonces con voz chillona me gritó: “¡no soy un niño, soy una señora!”.

La política en una lección

Incendio en el sur de Chile.
Incendios en el sur de Chile (AFP/STR)

En 1946 el economista austriaco Henry Hazlitt publicaba su magnum opus: La economía en una lección.

El libro representa, desde luego, una de las obras cumbre de la llamada escuela económica austriaca. Pero su gran acierto, como ya deja entrever el título, no radica tanto en exponer los principios que fundamentan el pensamiento de dicha escuela, como en enseñar de forma didáctica, incluso al mayor de los legos, cuál es el error más común en que incurren los malos economistas (hoy por hoy diríamos que estos probablemente sean la mayoría, considerando el alzamiento del keynesianismo como religión universal) y cuál es, por tanto, la lección más importante que debiera aprender un buen economista.

La lección en cuestión es la siguiente: antes de que el político, el burócrata o el economista de turno implemente una política pública determinada, debe considerar no solo las consecuencias más inmediatas y sus implicancias en el grupo o entorno específico al que afectará de forma directa; por el contrario, debe tomar en cuenta cuáles serán los efectos indirectos a lo largo del tiempo y cómo incidirá dicha medida en el contexto general de la población.

El aleteo de una mariposa genera un huracán al otro lado del mundo, diría alguien con pretensiones poéticas.

Esta obviedad incluso científica, que no es otra cosa que una manifestación de la verdad natural de que las causas tienen efectos más allá de lo que podemos observar en el entorno inmediato y tiempo más próximo, no es tan obvia, sin embargo, cuando hablamos de economía. Por algo debió Hazlitt recordar a los airados defensores del Leviatán cómo sus supuestamente bienintencionadas pero finalmente falaces ideas, tendientes siempre a favorecer al poder estatal y desmejorar la libertad de los ciudadanos, omitían un principio tan básico.

Lamentablemente, hoy en día observamos que esta lección esencial no solo es olvidada en el área de la ciencia económica, sino incluso en la política nacional.

Y es que esa es la dramática verdad que hoy tienen que afrontar, comprender y asumir tanto Boric como sus electores.

Porque cuando observamos el abrasador e inclemente fuego que ha arrasado miles de hectáreas en la -por decir lo menos- conflictiva Macrozona Sur, con pérdidas que se traducen no solo en cuantiosas mermas económicas -lo que ya de por sí constituye una tragedia- sino además en la destrucción de escuelitas, hogares e incluso vidas, por culpa de acciones cuanto menos delincuenciales y cuanto más terroristas*, tenemos el deber de recordar cuáles fueron las decisiones y señales políticas adoptadas y enviadas en el pasado reciente que nos llevaron hasta este escenario dantesco por el que hoy, curiosamente, todos rasgan vestiduras, ignorando deliberada o inocentemente, por lo demás, su propia responsabilidad en este resultado.

Dicho en otros términos, ¿cómo es que llegamos aquí?

Ciudadano haitiano siendo detenido por Carabineros de Chile.
Uno de los detenidos, el ciudadano haitiano que declaró: “Tengo ganas de quemar pasto porque yo puedo, porque soy choro”. (Fuente: diariosurnoticias.com)

Si nos ponemos excesivamente quisquillosos y causalistas podríamos llegar al absurdo de remontarnos varias décadas atrás. Más aún: dependiendo del grado de odiosidad -u ociosidad- de cada uno, podríamos llegar varios siglos atrás, hasta la conquista española o, incluso, aquellos tiempos en que los araucanos usurparon a las poblaciones indígenas preexistentes los territorios de la hoy llamada macrozona sur. Después de todo, como diría un viejo profesor de historia del derecho (en un no muy sofisticado sofisma para argumentar a favor de la aparente generación espontánea del golpe del ‘73): si seguimos ese camino podríamos llegar hasta Adán y Eva.

No hace falta ir tan atrás. Cuando uno mira el pasado político reciente de nuestro triste país, encuentra un punto de inflexión obvio que resulta ser la chispa que da inicio al fuego político en que lenta y lamentablemente seguimos cocinándonos.

Me refiero, desde luego, a la insurrección del 18 de octubre de 2019 y el subsiguiente intento fallido de golpe blando, el proceso al que la izquierda radical chilena eufemística e infructuosamente le gusta llamar “revuelta popular”.

Y es que cuando aquella parte de la casta política que hoy al fin se encuentra en el poder, con cinismo no solo avala, sino que legitima e incluso promueve activamente la violencia política (a veces de forma torpe y juvenil, como el adolescente que no alcanza a dimensionar las consecuencias de aquellos actos espontáneos suyos que surgen como fruto de una efervescencia anímica temporal; a veces de forma cuasipsicopática, como el adulto que sabe perfectamente del mal que hace y aún así persevera), cuando, bien digo, avalan, legitiman y promueven activamente la violencia política, casos como el del desastre incendiario en la macrozona sur surgen de forma natural como parte de las consecuencias que tarde o temprano y de forma inevitable aquellos hechos acarrearán, por mucho que esas consecuencias no pudieran haber sido específicamente previstas.

El curso causal entre los hechos de aquel octubre y lo que sufrimos en el sur a día de hoy es, si hace falta explicarlo, bastante obvio: en la medida que se permitió y promovió el lumpen y el terrorismo (con una afectación sistemática de los derechos fundamentales e incluso la salud mental de la población, de la que nadie se hizo cargo jamás y que parece ser tabú hasta el día de hoy), se envió una señal clara e inequívoca, de magnitudes sin parangón en los últimos 30 años, a perpetradores de delitos de la más diversa entidad y por cierto a los grupos terroristas que asedian el sur de Chile.

¿Y cuál es esa señal? Pues que el Estado (cuya raison d’être es precisamente garantizar el cumplimiento del principio de no agresión entre las personas para que podamos tener una convivencia pacífica) no solo era poco eficaz en la persecución y prevención del delito, sino que no estaba dispuesto a usar su legítimo mazo para aplastar a delincuentes y terroristas y, más aún, toleraría su accionar.

Historia de Instagram de Catalina Pérez donde llama en 2021 a quemarlo todo.
Historia de Instagram de hace dos años, de la diputada y presidente de “Revolución Democrática”, Catalina Pérez.

Si encima tenemos representantes del poder político que promueven y defienden activamente el accionar criminal de aquellos con consignas populacheras y abiertamente mentirosas, como “no criminalicemos la protesta social”, ¿acaso no es evidente que, como se diría de forma coloquial, el chancho está tirado? Cuando el único desincentivo para delinquir que tiene un terrorista o un delincuente común es la perspectiva de una persecución penal que acabará con su libertad individual, y esta desaparece del horizonte de probables resultados, ¿qué razones le quedan a aquellos para no delinquir?

La respuesta es obvia: ninguna en absoluto.

Así, cabe afirmar que evidentemente existe una responsabilidad política del gobernante de turno -y de la revoltosa coalición que lidera-; un actual Presidente de la República y otrora diputado, por lo demás, cuyo historial de voto fue inequívoca y sistemáticamente contrario a la persecución del delito, ¡incluso a la hora de votar el agravamiento de penas para quienes atentaran contra sus hoy heroicos bomberos! (No comentemos ya el infame y -afortunadamente para Boric- olvidado episodio de los indultos a terroristas y delincuentes reincidentes.)

Sin embargo, hay también aquí una gran cuota de responsabilidad cívica que recae sobre una buena parte de la sociedad chilena que no solo apoyó de forma entusiasta, víctima del engaño político y la ingeniería social, el proceso insurreccional del 2019, con sus métodos barbáricos y consecuencias funestas, sino que además eligió al actual Presidente.

No podemos obviar que siempre se tuvo a la vista un candidato que se vendió a sí mismo como de izquierda ultra y cuya fama le precede, con un historial de votaciones en la Cámara de Diputados, como ya hemos visto, sistemáticamente contrarias a la persecución del delito, y que además quiso llegar al gobierno con la promesa expresa de indultar a los poquísimos delincuentes que el Estado chileno capturó durante la barbarie del 2019. Tampoco se puede obviar que, precisamente por lo anterior, ninguno de sus electores tiene la oportunidad de alegar ignorancia o acaso inocencia.

Ahora bien, no se trata, desde luego, de responsabilizar a quienes hayan votado por el presidente en ejercicio, de cada acción y/u omisión perniciosa en que este último incurra a lo largo de su administración; más que mal, nadie cuenta con una bola de cristal que le permita predecir con certeza cuál será el comportamiento de su candidato a lo largo de todo su mandato, en caso de llegar al cargo. ¿Pero qué pasa cuando a este le preceden, insisto, no solo la fama, sino cada una de sus declaraciones y acciones concretas? ¿Y cuando incluso forma parte de sus expresas promesas de campaña el indultar a delincuentes?

En cualquier caso, de lo que sí se les puede responsabilizar a aquellos chilenos es de haber promovido alegre e inadvertidamente el mentado proceso insurreccional, cuya huella se remonta ya casi cuatro años atrás y cuyas secuelas se siguen observando hasta el día de hoy.

De nuevo, la lección de Hazlitt: hay que entender que las causas tienen efectos, y que estos son más duraderos e incluso imperceptibles en lo inmediato de lo que nuestra cortoplacista mirada nos permite ver. Tanto en economía como en política, el desconocimiento de este principio natural resulta catastrófico.

Es tiempo de que tanto nuestros gobernantes padecientes de adolescencia tardía como sus gobernados comprendan al fin -rasgo de la adultez- la tremenda responsabilidad que les cabe y cómo nuestros actos generan consecuencias, aun cuando pretendan desentenderse de los primeros o no sean capaces de prever cuáles serán estas últimas en particular.

Y sí, sostengo que resulta absurdo, en este contexto, pretender alegar ignorancia de las secuelas particulares de un hecho determinado. Aducir algo diferente sería como afirmar que un flaite que se emborracha, consume unos cuantos gramos de “tussi” y se sube a un vehículo para salir disparado a 170 km/h por las calles de Santiago, no sabía que iba a atropellar en el camino a un anciano de 75 años, dos perros y pasar a llevar un poste que dejaría sin luz a una población completa.

Anarquista arrojando objeto en las calles de Santiago de Chile durante una protesta violenta.
Anarquista en la “marcha del millón de personas”, 25 de octubre de 2019 (Esteban Felix / AP)

El pasado octubre, a tres años de la debacle, Lucy Oporto, la filósofa allendista de la Universidad de Valparaíso, sostuvo acertadamente que hoy existe en la sociedad chilena “un clima de descomposición y hasta de locura” y que el país “está más desastroso que hace tres años” (Carlos Peña, en un tenor similar y por las mismas fechas, también afirmó: “Chile está convertido en un desastre”, pero como ya sabemos, hasta ahí no más le llegaba la cordura).

Toca recordar que nada de esto surgió por generación espontánea. Lo cierto es que la progresiva erosión del Estado de Derecho y de la tradición pacífica que existía en Chile en décadas anteriores -aun con todos los defectos de su democracia-, es una sucesión de eventos cuyo origen inequívoco se encuentra en ese punto de inflexión y quebrantamiento institucional y de la convivencia nacional llamado 18 de octubre, al cual una gran proporción de chilenos, de forma entusiasta a la vez que torpe, adscribió.

Con todo, como parte de quienes humildemente y dentro de nuestras posibilidades intentamos advertir acerca del precedente crítico que en materia política y de seguridad se estaba sentando, así como las todavía imprevisibles consecuencias que de ese proceso iban a derivar, debo añadir que estos incendios intencionales en la zona sur están lejos de ser lo peor a lo que nos podríamos enfrentar en los próximos años.

Hemos visto ya que ese flaite santiaguino borracho ha arrollado a una persona, dos perros y derribado un poste, pero aún sigue a la fuga. Cuántos más pueda matar en el camino o qué peores fechorías, incluso, podría llegar en ese estado a realizar, aún está por verse.

Recuerden: el chancho está tirado.


* A estas alturas ya no existen dudas sobre el origen intencional de varios focos de incendio y bastará haber leído cualquier periódico durante los últimos 7 días para contar con información seria. Con todo, aquí hay algunas fuentes que aportan datos precisos: 1, 2, 3, 4 y 5.

Al aire: TOCs on the Rocks EP-37

Menos Big Techs, más low tech

(3 de febrero, 2023)

El movimiento “low tech” sugiere dejar el exceso de tecnología y volver a herramientas más sencillas, prácticas y sostenibles: una forma de “resistencia”, si se quiere, en un mundo dominado por Big Techs. ¿Será un estilo de vida plausible o solo un delirio hipster/hippie/pachamámico?

Escúchalo en:

Un blog de fotografía y una historia melancólica que valen la pena

Tratándose de la fotografía, si hay algo que abunda hoy en los blogs, un medio de por sí plagado de ruido y superficialidad (muchas veces incluso con artículos generados por bots), es precisamente un aire de ruido y excesiva superficialidad.

Todos sabemos a lo que nos enfrentamos: sitios aburridísimos que honran el consumismo y el circlejerk de la tecnología, donde lo importante no son las historias humanas frente y detrás del lente, si no cuál es el último modelo de Fujifilm y cuántos megapixeles tiene.

Por eso me ha complacido tanto descubrir “35mmc”, un sitio que sí, tiene también una cuota —parece que hoy obligatoria— de aquello, con su dosis de tecnicismo, reviews y whatnots. Sin embargo, y esto es lo que me llama la atención, cuenta también con una riquísima y poblada sección denominada “theory & reflections“, en la que tanto miembros del reducido equipo como fotógrafos invitados hablan de las cosas que realmente importan.

Como me gusta decir a mí: filosofía de la fotografía.

Recomiendo encarecidamente a cualquier fotógrafo echar un vistazo al sitio y muy especialmente a dicha sección, la que cuenta con una extensísima lista de posts bien escritos, llenos de reflexiones e historias personales.

Foto de Gerard Exupery.

Precisamente en este último contexto, y siempre dentro de 35mmc, es que me permito también compartir uno de los mejores a la vez que más tristes relatos personales que he leído en el último tiempo; una historia de desamor de muchos años atrás con la que, creo, muchos podrían llegar a sentirse identificados.

Porque bien sabemos que el arrepentimiento eterno, por no haber dicho o hecho en ese entonces lo que ahora pensamos que había que decir o hacer, es una fuerza poderosa. Y si encima hay una serie de fotografías con literalmente décadas a cuestas, con los ojos de una mujer mirándote directamente y retrotrayéndote a una época evaporada, supongo que podemos volver a ponernos de acuerdo acerca de la importancia de este arte, por qué da lo mismo que una foto no esté perfectamente enfocada, y por qué, supongo, hacemos lo que hacemos.

Con ustedes, “Rebecca“, de Gerard Exupery.