Igualdad ante la ley: pilar fundamental de la república; entelequia sagrada y necesaria para la supervivencia y legitimación del estado de derecho, incluso de la nación, reiterada tantas veces en la misma sala de clases por quien suscribe cuando toca recitar los artículos 1° y 19 de la Constitución para convencer a estudiantes de enseñanza media, futuros ciudadanos, de las bondades de nuestro país, su institucionalidad y democracia.
(Democracia… La “democracia” representativa es sagrada, auténtico dogma de fe y única forma posible de organización política. Bien lo sabemos porque es lo que nos dice el programa del Ministerio de Educación y lo que nuestra virtuosa clase política viene reiterando por décadas.)
Pero volviendo a la igualdad ante la ley, nuestra institucionalidad y la Constitución: como todo buen abogado – y cualquiera que alguna vez haya hecho un CV – sabe, el papel lo aguanta todo.
¿Habrá papel que aguante más que nuestra triste y a diario ultrajada Carta Fundamental?
Como si el patético y ya irrisorio caso del hijo de uno de los dueños de Entel, quien fuera detenido conduciendo a 264 km/h, y el hecho de que no solo quedara con las medidas cautelares menos gravosas – a pesar de contar con antecedentes como consumo de estupefacientes -, sino que mereciera – esto es lo realmente grave – el beneplácito de la juez de garantía, quien se permitió violar el principio de publicidad del proceso penal de manera arbitraria e irracional a la hora de decretar la reserva de identidad; como si dicho caso, bien digo, no fuera suficiente, esta reciente e ilustrativa entrevista viene a recordarnos no solo uno de los episodios más nefastos en la historia de esta moderna y cacareada democracia, sino también, una vez más, la gran mentira en que vivimos.
La corrupción está enquistada como un tumor en el corazón de la República. El mal chiste de la igualdad ante la ley es su más grosera manifestación.