
Eche un vistazo, querido lector, a los siguientes artículos:
The Citizen: Phoning it in: The ‘dumbphone’ movement fighting device addiction (26 de junio de 2026)
(En caso de toparse con algún paywall, se puede usar Remove Paywalls).
La persistencia de los dumbphones, en una época en que prácticamente todos utilizan – para citar a Charlie Brooker – un “espejo negro” conectado 24/7 a internet, no es un fenómeno demasiado novedoso.
Sin embargo, si examinamos con cuidado las fechas en que se publicaron los artículos listados al inicio de este post, se nos revela algo: el movimiento de los dumbphones se asienta cada vez con mayor naturalidad en la sociedad, y va dejando de ser una mera excentricidad privativa de los dominios nerds para ir, lenta pero sostenidamente, asentándose como un fenómeno social y cultural al que cada vez adhieren más personas comunes y corrientes.
Es algo intrigante, para alguien que sigue las páginas de tecnología, sociedad y cultura, que solo en los últimos meses se haya publicado tantos artículos sobre el tema en diferentes medios, varios incluso de renombre. Y aun cuando algunos de ellos puedan parecer publirreportajes encubiertos de dumb.co – una compañía estadounidense relativamente nueva -, el fenómeno de fondo se sostiene.
Es así como, de a poco, el tema va convirtiéndose en algo más que un circle-jerk de hipster-wannabes. Y aunque aún permea en cierta medida ese olor a contracultura, lo cierto es que cada día son más los adolescentes, jóvenes universitarios y profesionales que deciden reemplazar su iPhone por un dumbphone con forma de almeja u otra aparentemente anacrónica, más preocupados de las implicancias reales de estar todo el día pegados a sus spyphones que de hacer performance o pontificar desde un púlpito de superioridad moral.
Lo que quiero dejar sentado, al fin y al cabo, es que me encuentro con creciente frecuencia con artículos de este tipo – por supuesto en sitios predominantemente norteamericanos -, cada vez veo nuevas compañías dispuestas a experimentar con modelos “novedosos” (curioso que en varias ocasiones lo novedoso sea viajar un par de décadas al pasado), e incluso me entero de nuevos movimientos que evangelizan sobre las bondades de abandonar los spyphones, tales como The Offline Club – por ahora casi exclusivamente europeo -, The Luddite Club y ahora Offline Month.
Conjeturo, tomando en cuenta también otros fenómenos bastante idóneos en términos de timing (como la promulgación a nivel internacional de nuevas regulaciones en materia de redes sociales y uso de celulares en colegios, las múltiples demandas civiles que se están entablando en contra de las Big Techs en distintas jurisdicciones de Estados Unidos, y el reciente boom que se está dando en la discusión científica y académica sobre el impacto social y psicológico de celulares y redes sociales), que más pronto que tarde comenzarán a proliferar en Estados Unidos cosas como bares, cafés, restaurantes y otros espacios de uso público en que se promueva activa y seriamente la no utilización de celulares.
Wishful thinking perhaps, pero…
Y como Chile, dicen por ahí, es la mala copia de la tierra del tío Sam, me aventuro a pronosticar que dentro de uno o dos años el movimiento de los dumb phones quizá también comience a emerger por acá, aun cuando sea en calidad de “moda”.
Quién sabe. Quizá, paradójicamente, lo único que baste para que las generaciones Y y Z se desestupidicen un poco es que surja y se viralice en Instagram y TikTok el correspondiente “trend”.