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tecnología

Al aire: TOCs on the Rocks EP-37

Menos Big Techs, más low tech

(3 de febrero, 2023)

El movimiento “low tech” sugiere dejar el exceso de tecnología y volver a herramientas más sencillas, prácticas y sostenibles: una forma de “resistencia”, si se quiere, en un mundo dominado por Big Techs. ¿Será un estilo de vida plausible o solo un delirio hipster/hippie/pachamámico?

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Al aire: TOCs on the Rocks EP-34

“¡Qué bacán, tengo reunión por Zoom!” dijo nadie nunca

(20 de enero de 2023)

Tenemos serias dudas sobre las transformaciones que la plandemia introdujo en nuestro estilo de vida y que por alguna razón -a pesar del fin de las cuarentenas- siguen vigentes.

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Mi visión actual sobre internet

…en palabras de un “youtuber” al que, de paso, deberían seguir.

Dos comentarios recientes altamente recomendables:

There is no “cool” place for “based” people to hang out on the internet. There are r*tards, shills and feds and various degenerates. No well-adjusted human uses the internet constantly—this is just a fact of life and the sooner you return to reality, the better condition you will be in.

Internet usage really is a gerbil wheel. It makes you feel productive, but mostly steals your soul.

Al aire: TOCs on the Rocks EP-30

Resolviendo la sobrepoblación humana, un jacuzzi para los testículos a la vez

(13 de noviembre de 2022)

© https://www.coso-contraception.de/

Control de la natalidad, planificación familiar, sobrepoblación. Temas complejos y polémicos, muchas veces incluso inspiradores de acalorados debates ético-religiosos. ¿Qué nos puede ofrecer la tecnología frente a problemáticas tan sensibles? En palabras de Felipe: un dispositivo para tronarse los huevos.

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Al aire: TOCs on the Rocks EP-29

OK Siri, gobierna el país

(2 de noviembre de 2022)

Conozcan al Partido Sintético de Dinamarca, el primero en su tipo en contar con una “inteligencia” artificial como líder político. Por si fuera poco, “Líder Lars” aspiraba a obtener un escaño en las elecciones generales danesas del pasado 1 de noviembre. SPOILER ALERT: didn’t happen.

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Al aire: TOCs on the Rocks EP-28

Hackeando automóviles y cerebros. La ciberseguridad del futuro

(21 de octubre de 2022)

Hace algunos años había que preocuparse de proteger el PC. Hoy el celular. Más pronto que tarde tendremos que preocuparnos también de nuestros automóviles, tostadoras e, incluso, cerebros. Como siempre, material de distopía cedido cortésmente por la realidad.

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Al aire: TOCs on the Rocks EP-27

Somos residuos digitales y el universo una realidad simulada

(2 de octubre de 2022)

¿Qué es la realidad? ¿Vivimos en una Matrix? Para varios, la película de 1999 fue mucho más que una metáfora sobre la esclavitud burocrática de la vida moderna, o una versión ciberpunk de la alegoría de la caverna de Platón. De hecho, más de un científico y filósofo ha publicado algunos papers planteando la plausibilidad de que efectivamente estemos viviendo en una “realidad simulada”.

Bienvenidos a este simpático cóctel de filosofía occidental, budismo, tecnología y física cuántica, como siempre de la mano de dos leguleyos que no ostentan expertise alguna en aquellas materias, pero sí algo de curiosidad y mucho alcohol.

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Reseña literaria: Digital minimalism, de Cal Newport

Digital minimalism: choosing a focused life in a noisy world es un libro de no—ficción escrito por el informático estadounidense, Cal Newport, publicado en 2019.

El libro propone esencialmente una “nueva” filosofía para aproximarnos como seres humanos al uso cotidiano de las omnipresentes y esclavizantes tecnologías digitales. Antes de arrojarse de lleno a ello, sin embargo, hace algo lógico, aunque tal vez no demasiado obvio para muchas personas (y bastará mirar a nuestro alrededor para reafirmar que son muchos quienes parecen no haberse tomado aún la pastilla roja), esto es, diagnosticar el problema. Porque aquí hay un problema. Y uno serio.

El problema en cuestión es que nos hemos vuelto adictos. A las redes sociales, a internet y a las pantallas en general. Ello, se encarga de enfatizar el libro, salta a la luz de forma incuestionable a la hora de observar los resultados que arrojan los múltiples estudios psicológicos que se han llevado a cabo en los últimos años y que son debidamente citados en sus poco menos de 300 páginas.

Al margen de la evidencia empírica —que parece incuestionable—, Digital minimalism va más allá a la hora de realizar el mencionado diagnóstico: incluso echa mano a algunos recursos historiográficos y filosóficos para reafirmar la importancia de la soledad y la quietud mental —ambas enemigas acérrimas de Silicon Valley y sus productos orwellianos— y la importancia, por ende, de la necesidad de despegarnos de las pantallas. Así, aparecen también anécdotas y reflexiones relacionadas, por ejemplo, con personajes tan notables como Abraham Lincoln, Friedrich Nietzsche y Henry David Thoreau.

Planteado el problema, Cal Newport se aboca a la búsqueda de una solución. Esa es, precisamente, la filosofía del minimalismo digital, la que, lejos de erigirse como una maniquea doctrina antimodernidad o reacia al empleo de cualquier tecnología digital, propone redefinir nuestra relación con el hardware y el software que nos rodea, inunda y ahoga, valiéndose para ello del clásico principio “menos es más” y unas mucho más específicas sugerencias de ejercicios y nuevos hábitos.

Lo positivo es que el autor —informático, no olvidemos— parte ya con un trecho recorrido, pues antes de comenzar a escribir el libro, según nos cuenta, tuvo la oportunidad de crear una mailing list en la que experimentó con cientos de voluntarios, quienes siguieron las indicaciones propuestas y aportaron a lo largo de meses sus propias observaciones y conclusiones.

A partir de lo anterior, entonces, es que Cal Newport plantea métodos precisos, concretos y ejecutables que pueden ayudar a quien desee escapar de la relación de esclavitud que lo ata a su smartphone a conseguirlo con éxito… siempre y cuando exista suficiente compromiso y voluntad real, claro está.

Cabe mencionar que un paso fundamental en esta lista de ejercicios y nuevos hábitos, tal vez el más importante, es el llamado, a falta de una expresión menos cursi, digital detox, durante el cual el lector deberá abstenerse de utilizar la mayor parte de sus dispositivos y aplicaciones durante nada menos que 30 días, solo al cabo de los cuales podrá comenzar a entender realmente qué es lo tecnológicamente necesario y deseable de reincorporar.

En este punto es posible que el lector se horrorice y declare de forma apresurada e irreflexiva la absoluta y total imposibilidad de prescindir de las redes sociales y demás basura digital por un mes completo. Ese podría ser, precisamente, un primer indicio que da cuenta del verdadero paradigma de esclavitud y adicción digital que hoy nos rige. ¿Lo dejo cuando quiero?  Veamos…

A propósito de esto último, otra frase común que podría emplearse es “me gustaría dejarlo, pero es que no puedo; lo necesito”. Para su tranquilidad, este digital detox, desde luego,contempla algunas excepciones de sentido común, constituidas por aquellas herramientas digitales estrictamente fundamentales en el ámbito laboral o necesarias en algún aspecto esencial de la vida personal. El meollo del asunto radica en que, precisamente, pocas herramientas son en realidad fundamentales o estrictamente necesarias.

No puedo negar que mi propia filosofía personal respecto del uso de las tecnologías digitales y mi visión crítica respecto del llamado capitalismo de vigilancia, promovido por los falsos profetas de Silicon Valley, sesga, desde luego, mi visión sobre el libro, el cual juzgo no solo acertadísimo, sino necesario. Pero asumido el sesgo, lo cierto es que la evidencia científica, de nuevo, es abrumadora. Por ello es que soy un convencido de que si usted realmente estima a alguien, sea un familiar, amigo o pareja, y esa persona, como la mayoría, se pasa el 99,9% del tiempo despierto mirando una pantalla, con todas las consecuencias perniciosas que ello entraña desde el punto de vista psicológico —menor creatividad, menor claridad en su pensamiento, mayor irritabilidad, peor calidad de sueño, mayor propensión a la depresión, mayores niveles de ansiedad, mayores niveles de estrés, exacerbamiento del tribalismo político y, en general, peor salud mental—, lo mejor que puede hacer es regalarle un buen combo literario constituido por un par de obras indispensables: Superficiales, ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Nicholas Carr, 2010) y luego, como para comenzar a hacerse cargo, la comentada Digital minimalism.

Oda a la vieja Web

No hace falta estar muy versado en materia de diseño o programación para darse cuenta de que -al menos en el momento en que se publican las presentes líneas- este sitio posee una estructura y appeal  bastante… “peculiares”.

Los más cínicos podrán decir que pareciera que fue hecho a la rápida, sin un ápice de cariño y conocimiento o simplemente por un vago (en cualquier caso esto último tiene bastante de cierto). Los más perspicaces advertirán que se trata de un esfuerzo consciente por replicar el estilo de la Web de hace 20 años.

Aquella era una buena época para internet. No necesariamente porque “todo tiempo pasado fue mejor” -aunque reconozco mi indiscutible sesgo nostálgico-, sino por verdaderas razones de peso (ya veremos que esto último es, además, literal). Ciertamente no era perfecta y en no pocos aspectos era incluso peor que la actual. Así y todo, el balance termina favoreciendo a la vieja internet.

Y es que en la Web de hace 20 años no existían conceptos como Google Ads, SEO y monetización. Ingresabas a un blog como este y no tenías que enfrentarte a un pop-up insoslayable con un mensaje estúpido de un autómata con cara de payaso y corte caribeño, tipo “mentalidad de tiburón”, convencido de que por utilizar un lenguaje asertivo y falsamente cercano caerías rendido a sus sabios pies: “Hola, ¿cómo te encuentras? Espero que excelente. Te agradezco tu visita. ¿Quieres aprender de marketing? ¡Suscríbete aquí, que quiero compartir contigo los 10 mejores secretos del mercado! Además recibirás gratis mi e-book sobre coaching y plantación de pepinos etc.”.

Una F por los buenos tiempos.

En la Web de hace 20 años, una inocente y verdaderamente artesanal antes que comercial, imperaba un espíritu de genuina camaradería, curiosidad, experimentación y aprendizaje -solo se conectaban los que más o menos sabían lo que hacían-, no uno de explotación económica y vigilancia promovido inocente e inconscientemente por gente que tal vez jamás debió conectarse a internet.

En la Web de hace 20 años, los ligeros y funcionales sitios de la red de redes tardaban minutos en cargar, sí, pero por la lentitud de las conexiones telefónicas, no porque aquellos estuvieran diseñados por soy-devs millennials, fanáticos del bloatware yempecinados en crear adefesios que, para poder mostrar un mero título, un texto de 500 caracteres y un par de imágenes, terminan pesando 20 MB a puro Javascript, cookies, trackers y demás basura, incluso -sobre todo- cuando se trata de la web corporativa de ciertas empresas que dicen adorar el “minimalismo”.

(Aprovecho de asumir, no sin algo de vergüenza, que este sitio web no es más que una pobre emulación visual hecha con WordPress y una plantilla propietaria, pues aún me falta mucho HTML y CSS por aprender. Con todo, no tengo problema en reconocer esto último. Estudié derecho, no informática, y cuando chico me la pasaba leyendo cosas, no jugando con la terminal en un PC pre Intel Pentium. Además, también salía a la calle a correr con los vecinos en vez de encerrarme a jugar Dungeon and Dragons en el sótano con amigos imaginarios.)

Como sea, el objetivo de este post no es detallar todas las razones por las que el internet de antes era mejor que el actual (para eso desvariamos en un podcast completo por una hora), sino evocar ese zeitgeist virtual noventero-dosmilero, explicar un poco el razonamiento detrás de la decisión estética de quien escribe, y animar a quien se interese por dicha estética y ese viejo espíritu ciber-aventurero a indagar un poco más en el universo de cierta movida actual, un tanto desconocida pero bastante fascinante…

Grandes bloques de concreto

Hay gente del ámbito del diseño web que, en un arranque de verdadera creatividad y esnobismo, ha osado denominar al movimiento actual que busca emular esa vieja estética Web como “brutalismo”, tomando prestado el concepto, evidentemente, desde la arquitectura, el modernismo y el trabajo de Le Corbusier.

No soy el primero en plantear mis dudas sobre el concepto puesto que, al margen del razonamiento que supuestamente habría detrás -una suerte de analogía en cuanto a las estructuras crudas y funcionales-, la verdad es que poco tienen en común la arquitectura de edificios setenteros erigidos en Europa del Este y el diseño de sitios web que muchas veces hasta se exceden en lo barroco, rayan en lo kitsch y resultan ser un verdadero festival de flashes y colores, con GIFs chillones que podrían desatar un ataque de epilepsia a cualquiera, y con títulos en WordArt cuya utilización más allá de las portadas de trabajos escolares debiera estar penada por ley.

Bien hecho, camarada programador. El Secretario del Partido estaría orgulloso.

Otros hablan simplemente de la small web: una suerte de ecosistema invisibilizado por los grandes buscadores, los algoritmos y el exceso de ruido que, relegado a un oscuro rincón de internet, existe y se mantiene por y para aficionados nostálgicos que, como yo, extrañan esa vieja Web y sus valores de forma y fondo.

Más allá de la denominación, lo cierto es que esta tendencia, minoritaria o no, existe y es una a la que vale la pena echarle un ojo. Por ello, además de diseñar el pequeño y patético tributo digital en el cual estas líneas son publicadas, quisiera compartir algunos recursos modernos para al menos infartar a cualquier ñoñomayor de 30, con una buena sobredosis de nostalgia.

Algunos recursos y referencias

Blogs y sitios web personales

Servicios

La entrada a las puertas del cibercielo.

Manifiestos a favor de webs más simples

Bonus track

Del minimalismo

Es importante hacer una distinción a la luz de estos ejemplos. Como podrá apreciarse, un sitio web moderno pero diseñado al estilo noventero no necesariamente es sinónimo de sencillez, limpieza visual o “minimalismo”. Ya hemos visto que una web hecha antes del cambio de milenio perfectamente puede pesar unas meras decenas de KB y, en lugar de lucir una prístina y elegante concatenación de letras negras en Times New Roman sobre un fondo blanco con apenas uno que otro hipervínculo a la vista, parecer una obra colorinche parida por Andy Warhol después de recibir las explosiones multicolores de una docena de huevos paridos -esta vez literalmente- a través de la vagina de Milo Moiré.

Por otra parte, un sitio actual con una estética “minimalista” tampoco es  necesariamente uno liviano y sencillo como los que se programaban hace veinte años. Pregúntenle si no al mencionado creador de Pinboard y experto en el tema, Maciej Cegłowski; malamente un fan del trabajo hecho por los diseñadores y programadores de apple.com con sus decenas de megabytes a cuestas, sus ridículamente gigantes e incómodos espacios en blanco y su elegante chickenshit minimalism, al que, de hecho, define como: “the illusion of simplicity backed by megabytes of cruft”.

Se trata, en definitiva, de dos cosas diferentes, pero estrechamente relacionadas y que muchas veces se cruzan.

Pirámide alimenticia de un diseño web saludable (© idlewords.com)
Cómo es en la realidad (© idlewords.com)

Ahora bien, gran parte de lo que pueda rescatarse de este artículo tal vez no pase de ser una cuestión  lúdica y nostálgica, es cierto. A ratos puede parecer estimulante perderse por horas y horas navegando en una red de hipervínculos, directorios y webrings. Después de todo, ¿quién necesita sentir aquellos aromas campestres asociados a los secretos culinarios de nuestras abuelas, cuando el simple GIF de un obrero de la construcción tirando pala o un MIDI de 8 bits puede retrotraernos rápidamente a nuestra más tierna infancia?

También existen, desde luego, las conclusiones eminentemente prácticas: aquellas que desde las cada vez más remotas tierras del sentido común nos dictan y recuerdan que los sitios web debiesen volver a diseñarse y programarse con miras a cumplir ciertas metas: reducir el peso; disminuir los tiempos de carga; podar los trackers, ads y demás porquería digital. O en simple, nada más debiesen volver a diseñarse y programarse con miras a cumplir un único y gran principio: complacer al usuario de internet y hacer su vida lo menos frustrante posible.

Sin embargo, me parece que hay algo más que rescatar desde el espíritu y la piel de esa vieja Web; algo tal vez un poco más profundo y profundamente filosófico. Estoy pensando en el valor, incluso artístico, del minimalismo. Pero del auténtico minimalismo, no de la prostituida sombra conceptual en plan New Age sobre la que hoy se escriben libros de autoayuda y miles de blogs.  Hablo de la fotografía purificadora y terapéutica de Michael Kenna; de la literatura pulcra y podada como un bonsai que puede encontrarse en un haiku o incluso en el paradójicamente elaborado estilo de Hemingway.

Muchos podrán dar fe de que uno de los ejercicios más difíciles en cualquier manifestación artística es dejar afuera, soltar; aprender cuándo enough is enough y a decir “basta”. Como clamaba Steve Jobs -no me pierdo la ironía-: “Simple can be harder than complex: You have to work hard to get your thinking clean to make it simple. But it’s worth it in the end because once you get there, you can move mountains.” Hacer del “menos es más” de Van der Rohe una guía práctica más que un lugar común es complejo y probablemente uno de los estadios finales en cualquier sendero creativo. Pero el resultado paga: la satisfacción obtenida, aunque no sea el objetivo, resulta terapéutica y adictiva. Y para el espectador también.

© lifeseven.com

Diseñar o programar una web, creo, no es distinto. Como en la fotografía, como en la literatura, como en el cine o cualquier otra manifestación creativa, es importante aprender a dejar solo lo esencial, a encaminar la mente y el espíritu -o más bien apaciguarlos- a dejar de lado las aprehensiones y las obsesiones, a descubrir qué es lo esencial.

Las palabras de un gran programador -y filósofo- en su presentación dirigida a colegas, sobre el estado actual de la web, resultan inspiradoras:

I want to share with you my simple two-step secret to improving the performance of any website.

1. Make sure that the most important elements of the page download and render first.

2. Stop there.

You don’t need all that other crap. Have courage in your minimalism.

Maciej Cegłowski