[…] Una vez, mientras hacía el equipaje antes de un largo viaje, un amigo sorprendió entre mis pertenencias un grueso cuaderno con las páginas en blanco y un lápiz, y me comentó que me estaba tomando en serio el oficio de escritor. Mi respuesta fue drástica: no, por ningún motivo. Escritor era para mí por entonces alguien capaz de vivir las experiencias de modo directo e intenso. Eso primero que nada. No un señor que ponía entre él y la realidad una zona amortiguada de observaciones amables y luego las anotaba en una libretita.
― Roberto Merino en Combustión espotánea: Textos sobre literatura